DIARIO DE MÉXICO

del jueves 30 de enero de 1812[1]

 

Continúa la censura vindicada ayer

 

 

En el párrafo segundo dice vuestra merced [D. A. O.] que yo califico los papeles satíricos de inútiles.[2] Falta usted a la verdad. En mi censura nadie encontrará esta calificación. Yo repruebo, es cierto, como inútiles muchos de esos papeles satíricos: ¿luego califico a todo papel satírico como inútil?, ¿luego repruebo la sátira, que es lo que usted parece reprehenderme con el voto de los literatos de juicio? Esto no sólo es falta de reflexión, sino mala lógica. Repruebo esos papeles, no por satíricos, sino por malos; como repruebo ese torrente de versos, y no por eso se infiere que repruebo la poesía.

En el mismo lugar, me objeta usted que hablo de montón, y sin discernimiento. Falta usted otra vez a la verdad. Hablar sin discernimiento es hablar de todo autor sin distinción alguna. Yo, por el contrario, expresamente dije (óigalo usted de nuevo): hablo sólo de los que merecen censura,[3] que fue suponer indubitablemente que no todos la merecen. ¿Y es posible que no vio usted esta expresión de su tamaño? Amigo mío, vuelvo a decir, que generalmente hablando, son inútiles, y por lo mismo de poquísimo o ningún mérito esos papeles con que nos aturden. No quiero decir que una sátira burlesca no produzca mil veces buenos efectos. Sí, ¿y quién lo ignora?, el ridentem dicere verum[4] de Horacio; pero que todo cuanto se publique sea bufón y faceto, esto sí no es tolerable. Bueno es cortarse el tupé, pero no raparse tanto.[5] Que entre otras muchas obras serias e interesantes aparezca una u otra obrita jocosa, no lo reprueba ni el mayor hipocondriaco; pero que cuantos papeles salen en México hayan de ser cuadernitos facetos[6] de a medio,[7] y titulillos muy bajos, desempeñados sin novedad, lo reprobará todo hombre que tenga dos dedos de frente. Ya se ha dicho, y con razón, que los papeles públicos son unos datos seguros para graduar la ilustración y carácter de una nación, y que cualquiera que vea sólo estas frioleras [que] se escriben en México, nos calificará injustamente por unos momos, de un carácter bufón y ridículo, y de un talento también de a medio, como los cuadernitos facetos. Pasemos a otra cosa.

Se ofende usted que llame dicharachos[8] a muchos de esos refranes proverbiales. ¡Excelente prueba! Sepa usted, amiguito mío, que no por proverbiales deberán ser buenos. Hay refranes que son unas sentencias dignas de los hombres más sabios; pero hay otros, igualmente muy proverbiales, pero muy arrastrados, pero muy despreciables, pero muy propios solamente de los cargadores de las esquinas. A más de esto, ¿quién le ha contado a usted que todos los rubros de esos libretillos son proverbios? El negro y la negrita; México por dentro;[9] El perico y la monja; Mariquita y el soldado; Pascuas al tío Mostaza; Testamento del gato;[10] El muerto y el sacristán;[11] Las currutacas en misa,[12] etcétera, etcétera. ¡Qué tal!, ¡qué lindos proverbios!, ¡qué sentenciosos!, ¡qué chuscos!, ¡qué interesantes, y qué propios para aumentar el honor y lustre de nuestra patria!

También se equivoca usted en afirmar que doy mi censura anticipadamente, y sin leer, ni hacerme cargo de los papeles. Lea usted, repito, con reflexión, y verá que en mi censura digo muy clarito: he leído el papelucho N,[13] y después lo doy por indigno de las prensas; pero no de antemano, ni sin causa, sino asignándola con toda expresión. Óigala usted: he leído el papelucho N, concebido con pésimo gusto (primera causa); mal parido con desgracia (segunda causa); y pues todo él es inútil (tercera causa), todo él es malo: consecuencia evidentísima. ¿Pero qué será usted sordo o ciego, que ni ve, ni oye tamañas causales de la reprobación?


Se continuará

 

Finaliza la censura vindicada comenzada antes de ayer[14]

 

El referirme usted los versos de Marcial[15] es una especie de desafío, como quien dice: si usted es hombre, escriba usted algo mejor que lo mío. Estando provocado en estos términos, nadie podrá tenerme a mal, que yo responda a usted (y acaso el señor Diarista[16] sabe que no miento) que ya he compuesto muchas obritas de este género y de otros;[17] pero con aprobación y aplauso de hombres muy sabios, y de asambleas muy respetables, cuyo voto no tendrá usted valor de apocar, y cuando quisiera hacerlo, no sería usted escuchado. Si ese enjambre inmenso de papeluchos (no hablo de todos) ha logrado igual aceptación de algún ilustre cuerpo de literatos, desafío a usted señor D. A. O. nos la muestre, y desde luego me daré por vencido. Respondo también que no es necesario hacer otros poemas para poder censurar los ya hechos. Usted (este es refrán proverbial) no sabe hacer chirimoyas, y puede muy bien decir, cuál está podrida.[18] He dicho en mi último paréntesis, que no hablo de todos los cuadernitos, así porque confieso que podrá haber algunos muy divertidos o interesantes, como porque no me gusta, aunque usted lo asegura, hablar de montón y sin distinción. Con todo estudio puse en mi censura unos títulos arbitrarios, para que todos entiendan que mi ánimo es reprobar ese flujo de solos cuadernitos facetos; pero sin decir cuáles, ni señalar determinadamente éste o aquel defecto; para que de esta manera, se conociese el exceso y el vicio, pero quedase oculto el pecador. Esto es lo que aconseja la crítica juiciosa. Y aunque usted supone que yo le doy el título de ente despreciabilísimo, supone usted lo que quiere, pues en mi censura aunque critico en general, y esto con excepción, autores y obras malas, a nadie señalo con el dedo: porque así lo exige mi crianza y mi carácter, sin embargo de mi atrevidísima vanidad, que es el término con que usted me regala, sin haberle jamás ofendido. Y supuesto que hay excepción, y autores buenos y malos, puede usted entrar en el número de los primeros, pues no puede usted probarme que yo cuento a usted entre los segundos. Antes bien, con sacar usted la cara, y darse por ofendido, se entrega usted mismo, y da motivo a que le apliquen el cuentecito que se nos dio a luz hace pocos días de aquel ebrio, que porque el predicador clamaba desde el púlpito venid acá borrachos, él mismo se manifestó, pidiendo paso, y diciendo al concurso: con licencia de ustedes, que me llama el padre.

He concluido, quedando satisfecho de que no hallará usted en esta vindicia ni una sílaba mal sonante: para que así vea que se puede muy bien responder sin malas razones, y que no consiste en dicterios la justicia y la verdad. Y pues defiende usted tanto los refranes proverbiales, con ellos aseguro a usted que cuanto he censurado No lo digo por usted, lo digo por el señor.[19] A usted inmediatamente he dirigido la palabra; pero ha sido para que, de este modo, llegue a quien debe ser dirigida: Dígotelo a ti mi nuera, y entiéndelo tú mi suegra.[20] Puede ser que, por haber usted sacado la cara, le haya alcanzado alguna incomodidad; pero quien llama al toro, que aguante la cornada;[21] y el que quemarse no quiera, que ya no se arrime a la hoguera. Y no tiene usted que amenazarme con que seguirá escribiendo: seguirá usted, sí señor; pero a mí qué se me da, maldita de Dios la cosa:[22] yo cumpliré con leer cuando me dé la gana, y lo que se me antoje, sin volver, como protesto, no volver a perder el tiempo en frioleras y contestaciones que nada importan. Si usted por divertirse desea quien mantenga la disputa, busque usted quién tome el saco, que ya no quiero estar loco.[23]


M. G.[24]

 
 


[1] T. XVI, núm. 2310, pp.118-120. En este número continúa la polémica iniciada en el mismo Diario,  núm. 2309, 29 ene. 1812, pp. 115-116, es la siguiente: “Censura vindicada. Señor D. A. O. menos epígrafes franceses, y más reflexión. Si usted quería ser entendido, debió hablarnos en latín o castellano, que son idiomas más ricos que el ríspido de Trublet, pero si deseaba usted pasar por incomprensible, pudo usted conseguirlo más fácilmente, poniéndonos un lema chino. Vamos al caso. Es cosa ciertamente digna de risa que comienze usted su papel, número 2287, pidiendo que modere yo mis gritos, sin reflexionar que los de usted son mayores. ¡Qué preguntas!, ¡qué reclamos!, ¡qué alboroto! ¿Y todo ese ruido?, ¿para qué? Quid dignum tanto feret hic promissor hiatu? dice Horacio, a quien usted ha procurado imitar. ¿Qué?, ¿saldrá al fin usted con su ratoncillo? Nascetur ridiculus mus? Cabalmente. Sepan todos, que tanta boruca ha sido para preguntarme ¿a quién dirijo la expresión desengañémonos, con que empecé mi papel? Pues envaine usted, señor Carranza, porque ya respondo con toda calma que dirijo esa palabra, por medio del Diario, a la chusma de malísimos poetas, dije poco; a la peste de pésimos versificadores, que por todas partes nos acometen con sus plumas. Pésimos dije, y lo peor es que este pecado es de reincidencia, porque repito, y repetiré a pesar de votre critique dé daigneuse, que es difícil se vean papeluchos más inútiles, ni composiciones más frías, que muchas de esas que se tropiezan por nuestras calles. Pero, ¿qué tienen de malo? se me pregunta. ¡Bonito estaba yo para ir numerando tantos defectos, que al leerlos solo[s] se presenta[n]! Todo es malo amigo mío, con el hecho de no tener nada bueno. La invención es desgraciada, los asuntos (no digo que sean contra la sana moral) importunos, la versificación de los perros, y el conjunto forma un todo tan despreciable, tan arrastrado, tan bajo, que no he visto que tengan crédito entre los literatos de juicio; y si usted piensa de otro modo, yo seguramente no he de posponer el parecer de estos al de usted. Se continuará”.

[2] Se trata del comunicado de Anastasio Ochoa, “Censura núm. 2259” publicado en el Diario de México, t. XVI, núm. 2287, 7 ene. 1812 , pp. 25-27. En él dice: “La crítica, en dos palabras, es el arte de juzgar rectamente; y usted en su papel, lejos de desempeñar el cargo de un censor, como lo debiera ser (ya que se metió a ello sin que lo llamaran) no ha hecho, sino llenar de injurias y más injurias a los autores y sus producciones, y eso de montón, y sin el menor discernimiento, y salga lo que saliere. Califica usted los papeles satíricos de inútiles; pero los literatos de juicio califican la sátira de muy necesaria en cualquiera sociedad; y yo seguramente no he de posponer el parecer de éstos al de D. M. G.”

[3] La Censura de M. G. Cf. nota 4 a Aplaudo el mérito..., en este volumen.

[4] ridentem dicere verum. Cf. nota 2 a Aplaudo el mérito..., en este volumen.

[5] Bueno es hacerse el tupé, pero no pelarse tanto. Cf. nota 11 a Aplaudo el mérito..., en este volumen.

[6] faceto, ta. Chistoso, pero afectado y sin gracia. Santamaría, Dic. mej.

[7] medio. Cf. nota 21 a Aplaudo el mérito..., en este volumen.

[8] dicharachos de bodegón. Cf. nota 6 a Aplaudo el mérito..., en este volumen.

[9] México por dentro. O sea, guía de forasteros, obra de Fernández de Lizardi. Cf. Obras I-Poesías y fábulas, pp. 217-221.

[10] El testamento del gato. Cf. nota 12 a Aplaudo el mérito..., en este volumen.

[11] El muerto y el sacristán. Cf. nota 10 a Aplaudo el mérito..., en este volumen.

[12] Las currutacas en misa. Versos de Fernández de Lizardi publicados en México 1811, 8 pp. en 8°, según dato de Palau y Dulcet, Manual del librero hispanoamericano, t. I, 2ª ed. corregida y aumentada por el autor. Barcelona: Librería Anticuaria de A. Palau, 1948. No hemos podido localizar este texto; suponemos que es una falsa atribución.

[13] El párrafo referido de la Censura de M. G. es como sigue: “Señor: he leído el papelucho N concebido con pésimo gusto, y mal parido con desgracia: todo él es malo, supuesto que todo él es inútil. ¿qué tal, señor Diarista?, ¿aprueba vuestra merced mi modo de pensar? ” Cf. Diario de México, t. XV, núm. 2259, 9 dic. 1811, p. 651.

[14] T. XVI, núm. 2311, 31 ene. 1812,  pp. 122-123.

[15] Los citados por Anastasio Ochoa en el Diario de México, t. XVI, núm. 2287, 7 ene. 1812, p. 27: “Cum tua non edas, carpis mea carmina, Laeli;/ Carpere vel noli nostra, vel ede tua.” Epigramas I, 9. Fernández de Lizardi en Rociada de El Pensador a sus débiles rivales traduce: “O no royas mis escritos,/ viejo hablador e ignorante,/ o muéstranos con los tuyos/ a do tu talento alcance” Cf. Obras X-Folletos, p. 317.

[16] señor Diarista. Cf. nota 2 a Palo de ciego, en este volumen.

[17] No hemos localizado obras firmadas por M. G. en el Diario de México por estos años de la polémica.

[18] Usted no sabe hacer chirimoyas, y puede muy bien decir cuál está podrida. Chirimoya. Del quichua chiri, frío, y muyu, simiente, cosa redonda; o mota, fruta. Fruto del chirimoyo. Es una baya verde, rugosa, de pulpa blanca, y pepitas negras, de agradable sabor; semejante a la anona, pero más dulce y empalagosa. Cf. Santamaría, Dic. mej. Frase que encierra una crítica al autor de las obras y que podría equivaler a “‘Si no entiendes ni el bendito, ¿cómo hablas de los misterios?’ Censura al ignorante que pretende hablar de lo que no entiende ni sabe nada.” Cf. Darío Rubio, Refranes, proverbios..., p. 424.

[19] No lo digo por usted lo digo por el señor. Cf. nota 28 a [Críticas a las poesías...], en este volumen. El estribillo de esta composición lizardiana es: “malo es ya se ve / y no digo yo esto por usted,/ es por el señor”.

[20] Dígotelo a ti mi nuera y entiéndelo tú mi suegra. Variante de: “A ti te lo digo mi hija, entiéndelo tú, mi nuera” la Academia consigna “A ti te lo digo hijuela, entiéndelo tú mi nuera”. Este refrán se usa cuando, al hablar con una persona, se reprende indirectamente a otra. Cf. Darío Rubio, Refranes, proverbios..., p. 50 y Dic. autoridades. Fernández de Lizardi usará este título en un folleto de junio de 1824 A ti te lo digo nuera, entiéndelo tú mi suegra, Cf. Obras XII- Folletos, pp. 79-83. Anastasio de Ochoa publicó una letrilla titulada “Dígotelo a ti mi nuera, y entiéndelo tú mi suegra”, que inicia: “Nuera, rebentar quisiera,/ Y pues te hallas tú conmigo/ Lo que hoy á mi suegra digo/ Entiéndelo tú mi nuera”, en Poesías de un mexicano, t. II, pp. 19-22.

[21] Fernández de Lizardi tituló uno de sus folletos Quien llama al toro sufra la cornada, en respuesta a Juan María Lacunza. Cf. nota 1 a [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[22] Fernández de Lizardi escribió el verso titulado ¿Pero a mí qué se me da? Maldita de Dios la cosa. Estribillo glosado de don José Cadalso. Cf. Obras I- Poesías y fábulas, pp. 150-152.

[23] Fernández de Lizardi escribió un verso titulado Busque usted quien cargue el saco que yo no he de ser el loco, antecedido por una “Pildorilla” que dice: “Cultilatiniparlos,/ digerid ésta/ no quiero me celebren,/ sino me entiendan;/ sigan refranes,/ que son los arcaduces/ de las verdades.” Cf. Obras I- Poesías y fábulas, pp. 158-161.

[24] Fernández de Lizardi respondió las críticas de este autor en Qualia dixeris, talia audies: “Aunque M. G. y Mostaza/ en mis escritos/ muerdan, no lloraré:/ ¿pues qué, soy niño?/ vayan mordiendo,/ que según L. B./ yo iré escribiendo”. Cf.Obras XIV-Miscelánea, pp. 158-159, y nota 4 a Aplaudo el mérito..., en este volumen.