DIARIO DE MÉXICO

del jueves 12 de diciembre de 1811[1]


Vaya ese latigazo[2]

 

 

Señor Clérigo Curioso,[3] ¿qué es esto?, ¿todos los hombres se han vuelto locos? ¡Por vida de Sanes, que ya esto no se puede tolerar! ¡Plagios!, ¡bonito yo para dejarlos pasar cuando los conozca! ¿Conque no sólo hemos de tolerar el que el Diario de México[4] (por cuyo honor todos debemos ver) esté sujeto a que en él, contra nuestra voluntad, nos atormenten con algunas impertinencias, sino que vuestra merced, rabiando porque lo tengan por autor, se nos va metiendo a ello, de hoz y de coz, a título de plagiario? ¡Esto era lo único que nos faltaba!

Venga vuestra merced acá, señor Clérigo Curioso, en ver lo ajeno para apropiárselo, ¿quién le embutió a vuestra merced en esos desconcertados cascos, o cascos a la jineta (como suelen decir) que publicara en el Diario de hoy (7 de diciembre de [1]811) un soneto, que hace más de 15 años se imprimió en el de Cádiz? ¿Cree vuestra merced que en México, y en otros muchos lugares de la América, faltan sujetos que pudieran conocer el hurto, y acusárselo? ¿Vuestra merced se figura que habla entre patanes? Pues no, señor mío: está vuestra merced entre gente que le ha de poner las peras a cuarto, siempre que se ande copiando de otros autores lo que se le antoja, y vendiéndolo por suyo con el título fanfarrón de El Clérigo Curioso.

No me meto ahora en si vuestra merced será efectivamente clérigo o se habrá cogido este nombre, lo mismo que el soneto mencionado (y otras cosillas de que tengo noticia, y que le reclamaré en mejor ocasión, pues no ha de ser esta la última zurra que lleve de mi mano). En lo que sí me meto es en que, bajo tal firma, no debe vuestra merced publicar lo que les quite a otros: lo primero, porque no es propio de un clérigo el tomarse lo ajeno contra la voluntad de su dueño, pues delinque contra el séptimo mandamiento; y lo segundo, porque en un sujeto en quien, según la firma, se supone carácter sacerdotal, no suenan bien los devaneos del amor, en que peca contra el sexto precepto.

Vaya, señor Clérigo: que se le bajen los humillos de escritor, y no quiera vuestra merced que lo cuenten entre la fertilísima cosecha que hay en el día de autorcillos ramplones y miserables, como el de La verdad pelada,[5] etcétera, que dejo en el tintero, de donde no debían de haber salido.[6] Haga un acto de contrición: pida perdón al público, y proteste no volvernos a regalar con lo ajeno, pues de lo contrario he de ser su incansable vapuleador.


Mostaza[7]

 



[1] T. XV, núm. 2262, pp. 663-664.

[2] Fernández de Lizardi responde a este texto en Respuesta al número 2262. Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 153-154.

[3] Clérigo Curioso. Colaborador del Diario entre los años de 1811 y 1812. Cf. Esther Martínez Luna, Estudio e índice..., pp. 66-67. Con ese seudónimo aparece firmado el soneto referido que es el siguiente: “En una playa solitaria y fria,/ en que triste á llorar me retiraba,/ ¿adonde estás Olalla? preguntaba/ al sordo mar, que nada respondia:/ En esto consumí todo aquel dia,/ y con la voz, que mas la violentaba,/ ¿adonde estás Olalla? preguntaba./ Está... decirme el eco parecia./ La vista inclino pronto á la espesura,/ y para aquella parte me arrebato,/ donde escuchar tu voz se me figura:/ ¡Ah... lo que quiso mi destino ingrato:/ una piedra hallé solo, hermosa y dura;/ si no eras tú... fué al menos tu retrato.” Cf. Diario de México, t. XV, núm. 2257, 7 dic. 1811, p. 642.

[4] Diario de México. Cf. nota 2 de Palo de ciego, en este volumen.

[5] La verdad pelada. Cf. nota 4 de Palo de ciego, en este volumen.

[6] En Respuesta al número 2262 dice Fernández de Lizardi: “Acá lo somos de vuestra merced, señor Mostaza: dígame ¿qué no halló papel peor que el de La verdad pelada para comparar  con su autor a los ramplones? Vamos despacio ¿lo ha leído?, ¿ha notado sus defectos?, ¿son muy garrafales? Supongo que sí, si no, ¿cómo habría de producirse con ese magisterio? Pues señor mío: yo venero la literatura de vuestra merced, y le suplico sea mi perpetuo censor; pero individualizando los defectos de mis papeles, pues así no sólo yo los procuraré enmendar en lo sucesivo, sino que muchos se instruirán.” Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 153-154.

[7] Mostaza. Seudónimo de José Mariano Rodríguez del Castillo, poeta y prosista guanajuatense, que fue fundador de la Arcadia Mexicana, dentro de la cual se llamó Amintas y luego Tirsis. En el Diario de México firmaba con estos nombres, con el de Mostaza o con sus iniciales J. R. C., invertidas a veces C. R. J. Mejor poeta que prosista a juicio de la Antología del Centenario, p. 938. “Escribió una media docena de fábulas ridiculizando a los que hablan mucho y no dicen nada, como los loros (núm. 1294) o los monos (núm. 1365), a las mujeres que son como gusanos (núm. 1369); a los presuntuosos (núm. 639), y contra los críticos (núms. 867, 2255 y 2466)”. Cf. Ruth Wold, El Diario de México..., p. 72. También firmó como Alfesibeo y con sus iniciales J. M. R. C. Cf. Esther Martínez Luna, Estudio e índice..., p. 205.