DIARIO DE MÉXICO

del domingo 20 de febrero de 1814[1]


Garrotazo a El Pensador

 

 

 

Señor Diarista:[2] Permítame usted, por quien es, transcribir en su Diario el siguiente párrafo que se halla en la Jerarquía política del ciudadano Hekel,[3] para que, leyéndolo El Pensador Mexicano, y meditándolo con cuidado, sepa arreglar sus pensamientos para no deslizarse con tanta osadía a zaherir a su propia patria, como lo acaba de hacer en ese papelote que con el título de Pensador Extraordinario publicó el 26 de enero de 1814.[4]

“La primera clase de hombres que se distingue en un pueblo, dice el ciudadano Hekel, es la más ínfima y la más inmediata del instinto animal. Pongo en esta clase esa multitud de gentes medio salvajes que cubren la Tierra; ese humilde y débil vulgo, cuyo gran número de individuos en casi todas las naciones envejece entre su grosería natural,[5] y se desfigura con el tiempo, de tal modo que, como que se deja ya de descubrir en él aquel rayo de divina luz que se percibía aún por entre las sombras de su rudeza. Ya sea porque las facultades delicadas de su inteligencia hayan parecido por falta de cultivo, o bien porque se hayan viciado por una cultura falsa, los seres que componen esta clase nunca llegan a la madurez del hombre perfecto. Su ignorancia degenera en estupidez. Los apetitos sensitivos que crecen y se fortifican con ellos, los cuales no saben los tales seres someter a la razón, exhalan una multitud de preocupaciones que ofuscan como nube espesa la razón misma: esta antorcha primera de nuestra naturaleza. Estos apetitos llegan a ser con el tiempo inclinaciones imperiosas que sólo se diferencian por la constitución, el temperamento y las circunstancias exteriores en que se hallan. Los tales seres son por lo común sensuales, impetuosos en sus deseos, ligeros, inconstantes, limitados, cabezudos; y sin embargo crédulos, y, por consiguiente, fáciles en dejarse engañar. La imaginación les sirve de razón, y las apariencias exteriores son el móvil de sus determinaciones. Su cuidado comúnmente se limita a la conversación de su cuerpo y de la vida animal.

“De aquí proviene un modo de pensar bajo, y que les inclina sin cesar hacia la tierra; elemento querido, donde crece su sustento. Sus costumbres son groseras como sus gustos; sus gozos pocos, y de la especie más material; pero, como en contrapeso, la ignorancia, la superstición, el temor y la pusilanimidad aumentan prodigiosamente la suma de los males. No hay que admirarse de que estos hombres no conozcan la vida dichosa, y sean tan diferentes de lo que podrían ser, aunque un instinto secreto les advierta continuamente que no son unos simples animales. Ya se echa de ver que ha de ser muy difícil precisamente el sacar algún partido para la sociedad de estos seres, intermedios entre el hombre y los yahoux de Swift.[6] Sólo se puede disminuir el número de ellos por la educación, y, aún más, por el cultivo del sentido moral y religioso. Querer más sería exigir lo imposible; esto sería o un error, o mala fe. Se ve al mismo tiempo que la naturaleza de estos hombres les hace susceptibles de ser gobernados, y aun manda que lo sean.

“Los primeros fundadores de las sociedades tuvieron la habilidad de saber sacar partido, ya de su afición a lo nuevo y maravilloso, o ya de su credulidad, de su inconstancia, de sus miedos, de su misma cobardía y de sus otras pasiones, con cuyo medio se apoderaron de ellos cuando necesitaron, para contenerles en el orden, sin el cual hubieran vuelto ellos mismos a sumergir estas primeras sociedades en el caos de donde acaban de salir.”

Vea usted aquí, señor Pensador, que todo el mundo es Popayan,[7] y que el vulgo de Francia, nación que hasta el día se ha tenido por muy civilizada, lleva el mismo carácter que el vulgo de su patria de usted,[8] según lo ha escrito en su Pensador Extraordinario, atribuyendo sus vicios a toda la masa de sus conciudadanos.[9] Si el ciudadano Hekel, en vista de estos vicios del vulgo francés que retrata en su Jerarquía política, hubiera dicho que todos los franceses llevaban el miserable carácter que describe, diría yo que, a más de no tener ni una sombra de lógica, era un mal ciudadano, un autor necio[10] y preocupado, comparable con el Rebelais [sic], su paisano, que tanto degradó con sus sátiras a la sociedad que le había dado el ser. Pero no ha sido así la conducta de este juicioso escritor, él ha sabido distinguir en su patria, lo mismo que en todos los pueblos del Universo, una jerarquía política que la verá cualquiera que no tenga los ojos de El Pensador Mexicano. Vulgo, gentes de mundo, gentes de meditación, virtud o clase de elección, genios superiores y trascendentales, y gentes de letras, éstas son las clases que constituyen todas las jerarquías sociales, las mismas que se observan en Francia, en Inglaterra, en España y en la América, y en todas la grandes familias de la sociedad universal.

Si todos los escritores, que como usted se ponen a calificar los caracteres de una nación, tuvieran a la vista el sistema luminoso de este sabio político y moralista, no terminarían las rivalidades de los pueblos en odios transcendentales, ni en sátiras odiosas y contrarias a la fraternidad evangélica y a la unión política que debe sostener la paz y tranquilidad de una nación. ¡Hasta cuándo dejarán los Rebelais [sic], de suscitar esas odiosas diferencias que ya directa, ya indirectamente, están atizando la hoguera de la discordia! ¿Hasta cuándo señor diarista uniremos nuestras opiniones para afirmar la paz de la desgraciada América, que hasta aquí ha sido el triste blanco de las sátiras de los escritores extranjeros, y de los pensadores necios que salen de su propio seno para insultarla y abatirla, tan impunemente?[11]


El Mexicano[12]

 
 


[1] T. III, núm. 51, pp. 1-4. Fernández de Lizardi responde a éste con el Suplemento de 28 de feb. 1814, titulado Bofetón al Garrotero, Obras III-Periódicos, pp. 522-524.

[2] Editor del Diario, Cf. nota 2 a Palo de ciego, en este volumen.

[3] Hekel, J. M., Jerarquía política. Escribió Recreos morales del ciudadano Hekel sobre los asuntos más importantes del hombre libro que tradujo del francés el doctor Marqués y Espejo. En el número 48 del tomo primero de El Mentor Mexicano, del lunes 16 de diciembre de 1811, p. 384 [Cf. nota b a Palabritas al autor..., en este volumen], hay un inserto titulado “Reflexion sobre el mérito de la virtud” y se cita a Hekel en su obra “Recreos morales, Gerarquía política clase 4”, por lo que presumimos que la Jerarquía Política sea parte de los Recreos morales. No hemos podido consultar ningún ejemplar de la obra citada, mas tenemos noticia de la existencia de un ejemplar en la Biblioteca Sutro de California, E.U., traducido del francés por Antonio Marqués y Espejo “con varias notas para su inteligencia y claridad”, Madrid: Mateo Repullés, 1803.

[4] Cf. nota 1 a Segunda parte del diálogo entre el Arquitecto y el Petimetre..., en este volumen.

[5] En el Bofetón al Garrotero, Fernández de Lizardi responde: “Pero el autor que usted cita está muy lejos de sostener el disparate que usted quiere, esto es: que todos los vulgos son iguales; mírelo usted probado con su mismo autor [...]. Si como dice en casi dijera en todas, a lo menos lo hubiera usted citado con oportunidad; pero aquel casi del autor es exclusivo del todo el mundo de usted y entre una proposición limitada a una absoluta hay su diferencia; mas usted ni fue capaz de advertir cuanto quiso decir el auto que cita con su casi.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 523.

[6] yahoux. En la parte IV de Los viajes de Gulliver, titulada “Un viaje al país de los houyhnhnms”, capítulo primero, se dice: “El autor se da a la vela como capitán de navíos. Sus hombres se conjuran contra él y le encierran por largo tiempo en su camarote. Le abandonan en un lugar desconocido. Se interna al país. Descripción de los Yahoos, especia extraña de animales. El autor se encuentra con los houyhnhms.” Los Yahoos son una especie animal que Swift emplea para satirizar la sociedad humana, pues los pinta semejantes en vicios, organización social, costumbres, etcétera, dominados por los houyhnhms —caballos racionales—, con quienes convive Gulliver, a quien le explican la repugnante raza de los yahoos, muy parecidos en aspecto a humanos con pelaje por todo el cuerpo. Ver también capítulos VII-IX de la misma cuarta parte.

[7] Popayán, Colombia, en el Departamento de Cauca. Famoso por su Universidad y su Arzobispado. Fundada en 1536 por Sebastián de Benalcaza.

[8] En Bofetón al Garrotero, Fernández de Lizardi responde: “Sapientísimo Mexicano ¿quién le ha dicho a usted ni le ha enseñado que porque en todo el mundo haya vulgo y porque todo el vulgo es ignorante, haya de ser tal en el mismo grado de vulgaridad e ignorancia?” Cf. Obras III-Periódicos, p. 523.

[9] Fernández de Lizardi responde en el mismo texto: “Me copia usted un párrafo de Heckel para probarme que el vulgo de mi tierra es igual al vulgo de Francia y de todo el mundo. Proposición absurda que no se deduce de las palabras de Heckel, y que si él quisiera decirlo, a él mismo lo refutaría. ¿Acaso Heckel es algún santo padre cuya decisión es infalible? No por cierto; fue un hombre miserable sin la especial asistencia de la revelación de Dios, sujeto como usted y como yo a trastabillar en sus asertos.” Idem.

[10] En el mismo Bofetón al Garrotero, Fernández de Lizardi escribe: “Usted me trata de necio, pero usted sabiendo de mis pecados ¿por qué no sabe siquiera dar a las palabras el propio valor que merecen en su idioma original?” Idem.

[11] Fernández de Lizardi responde en el mismo texto: “Agradezca usted que no hay papel, ni mi impresión se coquea [destrozar la honra ajena. Hablar de otro en forma malidicente] en el Diario; si no oyera con más extensión y robustez la pluma de El Pensador.” Ibidem, p. 524.

[12] El Mexicano. Sabemos que Carlos María de Bustamante usó como seudónimo Un Mexicano; también lo usó Anastasio Ochoa y Acuña (1799-1875), así como Anastasio Zerecero y Vicente Guerrero. En 1827 en su Correo Semanario de México, núm. 18, Fernández de Lizardi inserta el comunicado “Acerca de los indios, labradores y artesanos” que firma Un Mexicano. Cf. Obras VI-Periódicos, pp. 283-287.