DEFENSA DE EL PENSADOR MEXICANO[1]

 

 

Desde que salió a la luz y llegó a mis manos el impreso intitulado: El carácter de El Pensador Mexicano descubierto y desafiado,[2] su autor el muy reverendo padre fray Mariano Soto,[3] de la orden de santo Domingo[4] de esta capital, inmediatamente me hice el ánimo de escribir su defensa, no con intención de adularlo, pues no le he hablado dos ocasiones, sino puntualmente con el objeto de que una cuestión tan odiosa y de tanta trascendencia cesara, por lo menos en la presencia del público, en la que no pueden menos de apelar ambos a las personalidades, infringiendo la ley de la libertad de imprenta,[5] y sacándose defectos, que aunque para El Pensador son malos, pero no en el grado que pueden ser al reverendo padre Soto; pues en aquél se trata de un hombre particular, y en éste nada menos que en deshonor de una congregación, que por su instituto debe ser en todo santa y venerada.

Tal era mi objeto, y aun lo iba a poner en ejecución, cuando me ocurrió la idea de aguardar la contestación de don Josef Joaquín Fernández de Lizardi, y ver si en ella también se excedía de los límites que prescriben la moderación y respeto debido al carácter sacerdotal para poder hablar con propiedad en la parte posible, y dar el lleno a la comisión que me propuse.

Mas, satisfecho ya de lo que deseaba, y habiendo visto que El Pensador no se ha excedido como era de esperarse, y si sólo en una u otra expresión no correspondiente al carácter de la persona a quien habla, pero disculpable por razón de injuriado, me atrevo a llevar adelante mi empresa en honor de un ciudadano que, aun cuando no haya sido útil a sus semejantes, a lo menos es indigno de los epítetos que le prodiga su contrario el muy reverendo padre fray Mariano Soto.

No es mi deseo hacer presente al público que es i[r]reprensible don Josef Joaquín Fernández de Lizardi por sus escritos y en particular críticos; pero sí que no es justo el reverendo padre Soto en las innumerables acusaciones que le hace, y mucho menos en los medios de ejecutarlas.

No es otro el oficio de la justicia que dar a cada uno lo que es suyo; y que aquellos hombres de cualquiera estado que se crean agraviados por otros de sus semejantes, tengan un asilo en donde refugiarse de la fuerza de su contrario, al mismo tiempo que ésta debe sotenerlos, y, averiguada que sea su razón, darle al delincuente el condigno castigo; y si no fuera por eje esencialísimo de la sociedad, cada uno de nosotros estaría vacilante entre el poderoso y el iracundo, debiendo ser el juguete de todos los débiles en posibles y fuerzas. A nadie le es desconocido este principio, que está fundado en la naturaleza de los hombres, y mucho menos debe serlo al reverendo padre Soto para no ponerlo en práctica contra El Pensador, ya que se creía injuriado por éste, y no tratar de desacreditarlo en el concepto común, según lo ha hecho, abrogándose el derecho de la justicia, en una causa en que tanto vate el amor propio, y que por todos títulos es ajeno del carácter con que se halla revestido.

Bien puede El Pensador Mexicano haberlo desacreditado antes, según se lamenta en su papel; pero no se quedó muy atrás el reverendo padre Soto cuando escribió los insertos en el Noticioso;[6] y mucho menos se ha quedado ahora, cuando, descubierto al público, trata de entablar una cuestión interminable y cuyos resultados no serán muy ventajosos para ambos.

Tan sólo con leer el mencionado impreso es bastante para cerciorarse completamente del estado de preocupación en que estaba el reverendo padre Soto a tiempo de hacer el papel contra El Pensador. En él no se halla ni una pequeña parte de aquello que se llama moderación, y que es tan propio no digo de los sujetos de su clase, sino aun de la más ínfima; conformándose también muy poco, con la erudición que supone le asiste, la multitud de desvergüenzas y palabras denigrantes con que lo trata, ajenas de todo el que tiene voces suficientes para decir lo que siente sin necesitar de medios tan comunes.

Es innegable que El Pensador Mexicano ha escrito mucho, y que no en todos sus papeles ha sido exacto, en particular sobre crítica; pero también no se le puede negar que siempre ha tratado en ellos del bien público, procurando, por cuantos medios le han sido dables, el atraer a su patria los beneficios que han estado en su arbitrio, habiendo sufrido por ello bastantes calamidades, ya en su reputación y ya en lo personal, como le aconteció en tiempo del señor vi[r]rey Venegas,[7] en que se vio en la cárcel por haber querido heroicamente refrenar una providencia tomada por aquel señor contra los eclesiásticos.[8]

Tan sola esta acción era digna de perpetuarse eternamente en nuestra memoria, y que por ella se borrasen esos títulos denigrativos con que injustamente lo desacredita el muy reverendo padre Soto. A más de que su decidida adhesión a nuestro augusto rey, que tiene demostrada en todo tiempo, era otro motivo sobrado para tratarlo con consideración, suponiendo sean efectivos esos defectos que se le acumulan. Ya hubiéramos apetecido fueran como él los escritores del día, que acaso no habríamos visto ese desacato al gobierno, ni el espíritu de parcialidad en que tanto han abundado.

Estas virtudes, que no pueden negarse en El Pensador Mexicano, son las que me estimulan a tomar la pluma en su favor, no para vindicar enteramente su conducta, ni hacer patente la injusticia del reverendo padre Soto, sino puramente demostrar que, aun cuando hubiese sido delincuente, no merece se le trate con el desdoro que lo ha hecho el mencionado reverendo padre, pretendiendo del público una sentencia contra don Josef Joaquín que de ningún modo podía darla.

Sería la mayor necedad, repito, querer justificar en un todo a El Pensador, y mucho menos en asunto literario, pero ¿a qué viene tratarlo el reverendo padre Soto de plebeyo y aun de tú?[9] ¿Pertenece esto a la literatura o al tema que se han propuesto defender ambos? ¿Es el modo de convencer de si guardan proporción los soldados con los ángeles,[10] o si el Evangelio para su permanencia necesita de las armas,[11] decirle que es un bufón, soez, autor necio, descocado y corrompido?[12] ¿No se expone a que le conteste en el mismo modo, con demasiado detrimento del carácter de que está revestido?

Bastante de extrañar es que, teniendo el reverendo padre Soto tan probado como dice todas las proposiciones que estampó en su Proclama a los militares,[13] no haya tratado de vindicarse por el camino que dicta la razón y la justicia, que le debía ser fácil, y no dejarse llevar como lo ha hecho del de los ultrajes, común para los que no tienen razones con que persuadir.

Quiero suponer que don Josef Joaquín Fernández de Lizardi no le retachase con fundamentos su Proclama, y que en materias teológicas no entienda nada; pero esto no es motivo para insultarlo hasta el grado más ínfimo, y si sólo, en el supuesto de ser cierto, para despreciarlo, con no hacerle caso; no que en el mismo hecho de desafiarlo prueba que hay motivo para las objeciones que le ha puesto. Y si lo hay, debe con razones convencerlo de lo contrario, y no apelar a dicterios ajenos verdaderamente de la carrera literaria y de los puntos que se cuestionan.

Todo esto lo que prueba es que el reverendo padre fray Mariano Soto, sin duda acalorado por la Palinodia[14] de El Pensador Mexicano, se preocupó de tal suerte que no supo lo que hacía, y por eso se atrevió a exponer al público lo que le pareció justo, según su estado de acaloramiento; pero que después no pudo menos de haberle pesado, tanto por ser muy ajeno de su educación, como de su carácter y estado; más bien pudiera reflexionar que una acción ejecutada en un acto primo tiene infinitas consecuencias, que acaso no las pueda remediar el mismo arrepentimiento.

Ésta es una de las que puede traerlas muy funestas; pues la gente idiota que no tiene motivo de saber las causas que han mediado para que un reverendo padre desista del carácter humilde y moderado que constituye un religioso, se persuade son frutos de la Constitución[15] en donde se da pábulo para que todos quebranten sus votos u obligaciones y dentro de poco se arruine el cristianismo. No se escandalizan menos aquellos sujetos ilustrados que, habiendo visto las acciones del Salvador de los hombres, la conducta de los apóstoles y la de los patriarcas fundadores de tan santas congregaciones, y cerciorados completamente de que la humildad y abatimiento era el distintivo que éstos usaban, de quien todos debíamos tomar ejemplo, y los ministros del santuario ser sus más dignos sucesores, se escandalizan, repito, y pronostican el más pronto castigo del Cielo, tanto para los que quebrantan sus instituto, como para todos aquellos que no observan los preceptos del Decálogo.[16]

No quiero decir tampoco que el muy reverendo padre fray Mariano Soto haya sido un verdadero escandaloso en la conducta que ha observado con El Pensador Mexicano, sino que, preocupado de un acto violento, pudo vertir expresiones que deben tomarse no en su sentido literal, por ser muy ajenas del carácter que posee, y sí sólo en el de suponerse agraviado hablando en tono de defensa.

Yo apreciaría ciertamente que mediase entre ambos una transa[c]ción, porque el hablar en público es muy sagrado; y cuando se trata de personalidades, no puede menos, aunque se le haga con toda moderación, de sacarse defectos que, en primer lugar, nada le importa al público su noticia, y en segundo, que cuando se habla de un sujeto, que tiene sus enlaces con otros muchos, siempre es preciso que participen todos de algo, y esto no es justo suceda con el convento de Santo Domingo.[17]

Las personalidades nunca pueden ser buenass, y si no bien vemos lo que cuestan con los señores Baz y Losada,[18] quienes, a más de haber estado batallando mucho tiempo, sacándose defectos mutuamente que nos les hacía mucho honor, y después de haber gastado buenos pesos,[19] los vimos dichosamente hechos amigos, sin haber sacado otro fruto de su mucha terquedad que mostrar al público que por fin salieron de su letargo.

Con este ejemplo debe el reverendo padre Soto desistir de su desafío literario y procurar la paz preciosa, bien enterado de que, si en aquellos que eran iguales en estado y carácter mediaron tantos ultrajes y al fin no consiguieron nada, en éstos debe ser mucho peor, por razón de la desigualdad; y que si en aquéllos terminó felizmente la cuestión, en éstos puede no suceder así, tanto porque los puntos eran más fáciles que éstos, como porque no se ensangrentaron con tanta violencia.

He querido defenderos, señor don J[osé] J[oaquín] F[ernández] [de] L[izardi], mas, intrincándome en materias, he venido a parar con la paz, que es mi distintivo carácter. ¡Ojalá y usted procurase atraerla por cuantos medios le sea dable! Ingratitudes y agravios se vengan con beneficios, y este axioma antiguo le venía a usted adecuado en esta época. El público está bien convencido de que lo han ultrajado y, quedando su honor bien puesto, la mayor heroicidad sería dejar el campo al enemigo.

 
 


[1] México: Imprenta de Ontiveros, 1820, 7 pp.

[2] El carácter de El Pensador Mexicano descubierto y desafiado, en este volumen.

[3] Fray Mariano Soto. Cf. nota 13 a Verdadera prisión y trabajos del padre Lequerica, en este volumen.

[4] Orden de Santo Domingo. Cf. nota 23 a Respuesta del padre Soto..., en este volumen.

[5] libertad de imprenta. Cf. nota 7 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[6] Se trata de los Artículos comunicados insertos en el Noticioso General, núm. 748, 13 oct. 1820, y del núm. 761, 13 nov. 1820, publicados en este volumen.

[7] Francisco Javier Venegas. Cf. nota 6 a El genio de la libertad, en este volumen.

[8] Fernández de Lizardi estuvo en la cárcel por primera vez, de diciembre de 1812 a junio de 1813. Véase Causa instruida contra don José Joaquín Fernández de Lizardi (El Pensador Mexicano), por haber solicitado del virrey Venegas la revocación del bando que privaba de fuero a los eclesiásticos insurgentes. 3 de diciembre de 1812-7 de julio de 1813. Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 371-441.

[9] Cf. nota 23 a Descubierto el carácter de la pluma blasfema, impía... y la nota 6 a El carácter de El Pensador Mexicano..., y cf. nota 22 a Descubierto al carácter de la pluma impía..., en este volumen.

[10] Cf. nota 16 a Descubierto al carácter de la pluma impía..., en este volumen.

[11] Véase el primer párrafo de Descubierto el carácter de la pluma impía..., en este volumen.

[12] Véase El carácter de El Pensador Mexicano..., incluido en este volumen.

[13] Proclama a los militares. Cf. nota 5 a Artículos comunicados, en este volumen.

[14] La Palinodia de El Pensador. En respuesta al desafío y amenaza del padre Soto, cf. Obras X-Folletos, pp. 371-378.

[15] Constitución. Cf. nota 4 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[16] decálogo con mayúsculas en el original.

[17] Convento de Santo Domingo. Cf. nota 5 a El Teólogo Imparcial, número 4, en este volumen.

[18] José Bernardo Baz y Juan Santos Losada. Cf. nota 6 a La Canoa, número 1, en este volumen.

[19] peso. Cf. nota 13 a Todos pensamos..., en este volumen.