CONSEJOS A EL PENSADOR[1]

 

Muy señor mío: lo chocarrero de mi genio ha prevalecido contra los sentimientos de la moderación que debía tener, absteniéndome de escribir a un hombre que no conozco, o cuando más usar escribiéndole (siquiera por ser la primera vez) de un tono algo más urbano y circunspecto que el que, por sabido, usaré en el discurso de ésta; pero yo ni calo capilla,[2] ni crujo capichola,[3] ni cargo bastón, ni soy de aquellos críticos escrupulosos que procuran romperle a un autor la cabeza con panochitas de leche.[4] No señor, yo no entiendo de eso; yo voy a morder a usted clarito, clarito, a bien que está usted seguro de hacerme daño; y así, no hay más que agachar las orejas, y hacer lomo, porque allá van los palos.

Dígame usted, hombre bobo, entre todos los bobos del mundo, ¿quién diablos le metió a usted en el caletre la ridícula idea de refutar abusos enevejecidos?,[5] ¿piensa usted, desdichado, que el oficio de reformador de errores comunes es cosa de enchíleme usted otra?[6] (ya he dicho que no tengo otro estilo, ni otro genio). ¿Se juzga usted con más erudición, elocuencia y carácter que un Quevedo, un Cervantes, un Feijoó, un Iriarte y un millón más de desengañadores que han andado en la maroma[7] misma en que usted quiere hacer pininos? Desde luego que (aunque sea porque no digan) responderá usted que no; pues bien, señor Catón, si ha visto la suerte que han corrido esos hombres tan grandes, y que, por lo común, han escrito en la agua, y predicado en desierto,[8] porque o es muy poco o nada lo que se remedió con sus escritos, ¿cómo tiene la candidez (por no decir simpleza) de persuadirse a que ha de haber algún desalmado que se convierta con sus sermones platicados, ni menos creer se corrija ningún abuso público por sus censorinos avisos?[9]

A la verdad usted me parece que está loco, pues solamente destornillado de los sesos pudiera habernos regalado el otro día con su papelucho mal concebido, peor parido y pésimamente amamantado: pues, dígolo por el último titulado: Propuestas benéficas en obsequio de la humanidad.[10] ¿Es posible que en un México, en un México, por amor de Dios, se permita la luz pública a semejantes paparruchadas?[11] Si esto no se viera, no se podía creer de tres tirones.

¡Cómo ha de ser!, estamos en tiempo de que hasta las cucarachas del templo de Minerva quieran escupir la rueda y ensuciar con sus esputos las prensas.[12] Vaya, vaya, Pensador, lograr la ocasión. Ahora que está el río revuelto, se ha de procurar la ganancia;[13] ahora que callan los sabios, han de charlar los majaderos (no lo digo por usted),[14] porque si pasa esta época, y empiezan a trinar lo jilgueros... a Dios grajos, enmudecerán para siempre como los oráculos de Egipto.[15] ¡Qué tal!, ¿encajo bien la erudición? Pues vamos a lo que importa.

Dígame usted, cándido, ¿a qué viene aquella exhortación de ejercitante que nos emboca por preludio de sus propuestas?[16] ¿Quién ha constituido a usted nuestro pedagogo para que se ponga a declamar contra nuestra conducta en tono de misionero?, ¿o qué tiburón vomitó en nuestras playas tan adisparatado profetastro para que nos predicara la penitencia?[17] Vamos, amigo, no hay que perder la chaveta, vuelva usted en sí, refórmese primero y no sea entremetido, déjenos vivir a gusto, que no somos sus hijos, y aunque seamos sardanápalos, heliogábalos o epicúreos[18] nada le comemos, y así, déjenos en paz y no se meta donde no lo llaman.

Todo su papelote es de lo más gracioso. Sepa usted que los ricos han comprado sus casas de campo para divertirse unos días en el año, no para convertirlas en hospitales.[19] ¡Quedábamos frescos!, tener uno lo que ha menester, lo que ha costado sus monedas, y privarse de ello por auxiliar a los pobres: vayan a pasear, pues ¿qué, los ricos los parieron?, ¿quién les mandó nacer pobres? Dirá usted que la caridad... Esa señora es extranjera; en el día muy pocos la conocen en comparación de los muy muchos que no la han visto la cara;[20] y si no, ahí están diez pesos[21] para un almuerzo en casa de nana Rosa,[22] a que no vemos practicado nada de cuanto usted propone. Con razón, ¡si todas sus ideas son quiméricas, y sus proyectos imposibles!

Encarga usted la limpieza, que barran las calles todos los días, que se eviten los muladares, que se desensolven las [a]tarjeas y que se lave la ropa de los apestados en baños separados. Supongamos que todo conduce al menor progreso del mal, y ¿quién lo costea?, ¿usted? No, porque es un pobre, conque ¿quién?, ¿el público?, es neutro.[23] El pueblo es todos y ninguno; y así, ya usted verá su imposible. Lo más célebre es que quiere usted que se riegue, y desde las azoteas,[24] mucho es no propusiera usted que desde las estrellas. Si digo yo, es usted cándido.

Dígame usted, también, ¿conque hemos de zahumarnos con estiércol de caballo para embotar los gases mefíticos desprendidos de los cuerpos corrompidos?[25] Vaya usted y zahúmese si quiere con superfluidades humanas, que nosotros no queremos estar oliendo porquerías; y de camino sepa usted que esto de quemar cuernos trae una gravísima dificultad, y es que muchos no querrán, porque les hacen falta, y los cuernos suelen ser alhajas que producen mucho provecho, aunque no dejen una pizca de honra.

Por último, propone usted que se entierre fuera de poblado.[26] Supongamos que tiene usted razón: confesemos que no sólo se ha mandado así por el Concilio Eliberitano[27] que usted cita, sino por otros muchos; afirmemos que ésta ha sido la práctica antiquísima no sólo de los pueblos paganos,[28] sino de la misma Iglesia de Jesucristo; convengamos en que se ha declamado constante y sabiamente por los hombres más respetables contra el abuso de sepultar en los poblados, añadamos de buena fe que es una irreverencia asquerosa e insultante a la majestad sagrada el convertir su augusto santuario en depósito de gusanos y podredumbre, y estemos de acuerdo en que esta práctica trae funestísimas resultas a la humanidad, que un muerto corrompido puede ser causa de que se apeste una ciudad; que para confirmación de esto no es menester más que tener narices, pues en muchas iglesias de México, a pesar de la continua quemazón de copal[29] o mirra, es insufrible la pestilencia que se advierte al entrar en ellas (hablo de unos olfatos delicados), y concluyamos con que esta corruptela es opuesta al espíritu de la Iglesia, perjudicial a la sociedad, ofensiva al supremo decoro, y muy fácil de remediarse en queriendo remediarla los que pueden. Todo esto es verdad, y ¿qué sacamos de ahí?, ¿se remediará?, ¿harán cuanto puedan los Cabildos eclesiástico y secular?[30], ¿impetrarán el auxilio superior?, ¿se prestarán los ricos para las fábricas de los panteones extramurales?,[31] ¿concurrirán con sus exhortaciones los señores párrocos a un fin tan útil y tan justo?, ¿y el pueblo cederá gustoso alguna vez contra sus preocupaciones antiguas? ¡Oh, amigo, si esto se consiguiera, habíamos clavado una pica en Flandes! ¡Qué gloria fuera para México dar a la Europa en nuestros días un ejemplo tan admirable de docilidad y civilización! Sólo con este golpe haríamos ver a los extranjeros que no somos tan idiotas como han dicho los que no nos conocen. Pero ¿usted cree que se verifique esto alguna vez?, pues yo tampoco. Es terrible la fuerza de un abuso envejecido, y de un abuso en cuya continuación tienen tanta influencia el lujo, la ostentación y vanidad de los ricos, y el interés de los dueños de los sepulcros.

Conque así, no sea usted tonto, tome mi consejo y no se caliente la cabeza en refutar desatinos, ni en hacer propuestas que no se han de admitir seguramente. Ya ve que cuando no suda el ahorcado, es ridiculez que se apure el padre.[32] Los hombres están contentos con sus errores, y para castigarlos no hay más que dejarlos atascados en ellos, y que disfruten eternamente de sus funestas consecuencias. Acuérdese usted y tome el consejo del agudísimo Bocángel.[33]

 

En reducir a un porfiado

no embotes tus documentos,

que infama la medicina

quien la ejercita en un muerto.

 

Y con esto, a Dios, amigo, perdone usted la tempestad de injurias con que lo he zaherido, pues a quien matan los cuidados ajenos, merece que se le trate de asno.

Besa la mano de usted, su grosero servidor.


El Conocedor de los Hombres

 

Puede imprimirse. Doctor Beristáin.[34]

 
 


[1] [México]. Imprenta de Jáuregui [Cf. nota 6 a Palo de ciego, en este volumen], año de 1813. 4 pp. Fernández de Lizardi contesta con Respuesta de El Pensador al amigo consejero. El folleto inicia así: “Señor amigo: creería usted que mi demora en contestar a sus consejos ha sido por no tener qué, y tal vez se habrá envanecido persuadido a que me ha tapado la boca, pues no es así. Yo conozco a usted muy bien: sé cómo habla, a quién, por qué y para qué, y he aguardado ver qué efecto produce su diligencia [...]” Cf. Obras X-Folletos, p. 115.

[2] calo capilla. Calar. Dicho de la gorra, el sombrero, etcétera, ponérselos haciéndolos entrar mucho en la cabeza. Capilla. Capucha sujeta al cuello de las capas, los gabanes, o hábitos.

[3] crujo capichola. Capichola. Tejido de seda que forma un cordoncillo a manera de burato. (Burato. Cierto género de texido delgado de lana, cuyo tacto es áspero, que ordinariamente sirve para alivio de lutos en tiempo de Veráno, y para capas y mantéos en el mismo Tiempo: y antiguamente hacían las mujeres mantos de él). Dic. autoridades. Como la capichola es semejante al burato, cuya materia prima es la lana y estas telas al tacto se sentían ásperas, crujían. Como, según el Diccionario de autoridades estas telas eran materias primas para la confección de vestidos largos para “clérigos”, “calar capilla” y “crujir capichola”, probablemente por extensión signifique vestir o llevar algún hábito; con estas expresiones inferimos la extracción laica del autor del folleto.

[4] panochitas de leche. Panocha. Chancaca o chincaste, raspadura o zurrapas de azúcar, especie de mascabado o melcocha prieta, miel no clarificada que se prepara sólida en segmentos cónicos. Es una variedad del piloncillo o la panela, o estos mismos, algo más corriente. Piloncillo con cacahuate y envuelto en tule. Cf. Santamaría, Dic. mej. Fernández de Lizardi en La Quijotita y su prima escribe: “Hicieron buenos gestos cuando pensaban en esto de manejar el cebo, las panochitas, los cohetitos y demás menudencias que se expenden en las velerías...” Cf. Obras VII-Novelas, p. 491. En Memorias de mis tiempos, Guillermo Prieto dice: “[En] El Cabrío [...] se vendían quesos y panochitas de leche”, (Méjico, 1906, p. 141). Cf. Santamaría, Dic. mej.

[5] En 1813 Fernández de Lizardi publicó en el El Pensador Mexicano t. II, el núm. 8 con el título “Sobre la deplorable mendicidad de México” y el número 9, titulado “Propónense los medios de extirpar la mendicidad de este reino”. Además en el mismo periódico hizo propuestas para acabar con los monopolios y limpiar la ciudad, entre otras cosas. Cf. Obras III-Periódicos, pp. 199-211.

[6] enchíleme usted otra. “Eso no es cosa de enchíleme usted otra, frase figurativa y también usada para significar que una cosa no es tan sencilla y hacedera como parece. Equivale a la de no son buñuelos del Diccionario [de la R. A. E.].” Santamaría, Dic. mej.

[7] maromear. Figurativo, dudar, vacilar y por fin inclinarse según los sucesos, a uno u otro bando. Santamaría, Dic. mej.

[8] predicar en desierto. “Phrase vulgar con que se dá à entender que los oyentes no están dispuestos; antes sí repugnantes para admitir la doctrina y conséjos que se les dá [...] Cerv., Persil; lib. 3, cap. 19. Pero todo fue como dicen dár voces al viento, y predicar en desierto.” Dic. autoridades.

[9] Fernández de Lizardi escribió Avisos de El Pensador en 1812. Aunque por alusiones del folleto mismo fue editado después de enero de 1813. Cf. Obras X-Folletos, pp. 81-89; en su Pensador Mexicano denunció algunos abusos públicos: suspensión de la libertad de imprenta, calificación de los hombres por su nacimiento, traje y haber, despotismo del Tribunal del Santo Oficio, los monopolios, sobre la mendicidad y medios de extirparla, administración de justicia en los juzgados, sobre la economía, la policía de la ciudad, entre otros. Cf. Obras III-Periódicos, passim.

[10] Propuestas benéficas en obsequio de la humanidad. Cf. Obras X-Folletos, pp. 95-101.

[11] paparruchadas. Paparrucha, fruslería, bagatelas.

[12] cucarachas del templo de Minerva. En 1820 Fernández de Lizardi escribiría al respecto en No rebuznó con más tino el pobre alcalde argelino: “Pero dejemos estos momos literatos, estos ratones del templo de Minerva [pequeños sabios, roedores de la sabiduría], que sólo saben murmurar y no escribir; roer y no hacer; destruir, no fabricar [...]” Cf. Obras X-Folletos, p. 354.

[13] Alude a que Fernández de Lizardi vivía de escribir.

[14] Dicho con que tituló Fernández de Lizardi uno de sus poemas satíricos: No lo digo por usted, lo digo por el señor. Cf. nota 28 a [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[15] Los egipcios tuvieron un oráculo famoso en el templo de Amón, en el oasis libio. Este dios alcanzó una gran importancia bajo la duodécima dinastía (c. 2000-1800 a.C.). Alejandro Magno consultó este oráculo que moraba en su templo, los sacerdotes le afirmaron entonces que no era hijo de Filipo de Macedonia como se creía, sino que su madre lo había tenido de este dios egipcio, identificado con el griego Zeus. De acuerdo con Mircea Eliade e Ion P. Couliano “la principal función de las estatuas, en las cuales se creía que moraba el dios, era la de pronunciar oráculos directos. Instalados en sus camarotes opacos en el centro de barcas de dimensiones variables, las estatuas eran sacadas en procesión por los sacerdotes [...] Interrogado a propósito de todo tipo de disputas, el dios actuaba a menudo como juez entre dos partes; pero si una de ellas no quedaba satisfecha, podía plantear de nuevo la misma cuestión a otro dios. El oráculo era transmitido por medio de una operación bastante extraña: si la respuesta era ‘sí’, se creía que el dios incrementaba el peso de la proa de la barca, obligándoles a los portadores de la misma a arrodillarse, o empujándoles a avanzar; si la respuesta era ‘no’ el dios les hacía recular [...] la intervención de los sacerdotes en la operaciones divinas era más señalada en el caso de los oráculos de tipo medicinal. En el santuario de Deir-el-Bahain, en Luxor, la voz del dios Amenofis le dictaba a cada paciente la receta que lo curaría. Un sacerdote oculto hablaba a través de una abertura secreta en la bóveda [...] los sacerdotes de Karanis en Faiyum, utilizaban métodos más sutiles. Ocultos tras las grandes estatuas de los dioses, huecas en su interior, les hacían hablar a través de tubos”. Cf. Diccionario de las religiones, pp. 43-46.

[16] En la exhortación aludida Fernández de Lizardi escribe: “Y ¿podremos lisonjearnos de que (sobre las calamidades que padecemos con la guerra intestina y odiosa que nos destruye) la presente epidemia que nos devora sea una casualidad de la naturaleza y no un azote bien dirigido por la mano airada del Ser Omnipotente? En una palabra, ¿seremos tan fascinados que hayamos de persuadirnos a que somos unos inocentes, que Dios no tiene por qué castigarnos y que este efecto visible de su justicia no lo es sino de la putrefacción del aire por la multitud de cadáveres, de la estación calurosa, de la dilación de las aguas, de las fiebrecillas endémicas, etcétera? Apenas creo haya uno capaz de sobreseer al incesante grito de su conciencia.” Cf. Propuestas benéficas..., Obras X-Folletos, p. 95.

[17] Entre las propuestas de Fernández de Lizardi para remediar la peste escribe: “Aplacar la Divina Justicia, no omitiéndose todas las rogaciones, novenarios, procesiones, y cualesquiera actos ya públicos, ya privados, que inspiren la devoción y compunción, pues nada está por demás en estos casos [...] sería útil asimismo que en los baños y lavaderos públicos se lavase con mucho cuidado la ropa de los enfermos [...] que siempre que se pudiera, fuera en estanque separado o, al menos, que los dueños o administradores de los dichos baños avisaran a los que llevasen ropa de sanos no lavaran en el día que la de los enfermos [...] sería bueno que el Protomedicato hiciese que los sabios profesores de la facultad al principio de toda peste tuviesen sus asambleas y en ellas sus disertaciones sobre la naturaleza del mal devorador [...] y propusieran los remedios más eficaces ya exp[e]rimentados, y diesen una instrucción a la prensa, sencilla e inteligible a todos, previniendo la causa del mal, sus precauciones y el método curativo en sus principios.” Ibidem, pp. 97-99.

[18] sardanápalos, heliogábalos y epicuros. Fam. Digno de sardanápalo, disoluto. Heliogábalo, por alusión al emperador romano de este nombre que fue voraz. Hombre dominado por la gula. Epicuro. Sensual, voluptuoso, entregado a los placeres.

[19] Fernández de Lizardi opinó en Propuestas benéficas...: “sería muy bueno que, tratando de impedir los progresos de la peste, se pusieran hospitales fuera de los recintos de la ciudad, o a lo menos en los arrabales más despoblados [...] ¿Qué mejor destino podrían tener tantas casas de campo que hay en México? ¿Ni cómo las negarían (en calidad de prestadas) para un objeto tan sagrado los ricos, sus dueños, y más siendo como lo son y lo manifiestan, tan cristianos, tan caritativos y liberales en semejantes ocasiones?” Cf. Obras X-Folletos, p. 97.

[20] No la ha visto la cara. Laísmo. Cf. 7 a Visita a la condesa de la Unión, en este volumen.

[21] peso. Cf. nota 13 a Carta de los Guadalupes a don José María Morelos. Diciembre 7 de 1812, en este volumen.

[22] nana Rosa. Tuvo una almuercería en Revillagigedo: “El señor francés que ofrece amanzar un caballo en 12 horas, anunció por carteles que hoy vería el Pueblo de México un potro muy cerrero, y mañana muy manso. Emplazósele para Plazoleta de la Almorcería de la célebre alcahueta Nana Rosa que está en el paseo de Revillagigedo.” Cf. Carlos María de Bustamante, Diario histórico de México, p. 106. En El Periquillo Sarniento, tomo IV, capítulo II, nota b a la cuarta edición de esta novela, se lee: “A orillas de la Acequia del Paseo de la Viga, había un jardincito donde Nana Rosa, que vivió más de cien años, con su afabilidad y genialidades atraía a los mexicanos a pasar en su casa alegres días de campo, haciéndose pagar muy bien los almuerzos que condimentaba, y hasta hoy hacen papel en los libros de cocina los envueltos de Nana Rosa.” Cf. Obras IX-Novelas, p. 226. Guillermo Prieto menciona: “las cabezas [platillos] en los figones y pulquerías de Nana Rosa rumbo a la Viga”. Cf. Memorias de mis tiempos, p. 48.

[23] Fernández de Lizardi dice en Respuesta de El Pensador al Amigo visitante: “Ya se ve, tales están los tiempos: no hay dinero; el comercio no gira, las artes no trabajan, los campos no se cultivan, las minas no producen, la industria no se fomenta, y todo está avieso y dado a la trampa [en mala situación o no tener recursos]. Pero, sin embargo, no piense usted: concurre su gente a las tres plazas de toros que actualmente tenemos, se juegan sus gallitos, hay muchas casas donde se echan diariamente sus pasados por agua muy razonables, no faltan sus bailecillos, ni sus festejitos como siempre. En fin, las diversiones están en corriente y no se logran sino con dinero; pero, con todo, no hay plata, faltan reales, no se hayan arbitrios para socorrer a los pobres, aunque para lo demás siempre sobra.” Cf. Obras X-Folletos, p. 117.

[24] Fernández de Lizardi opinó en Propuestas benéficas...: “Siendo la limpieza repetidamente encargada en estos casos, no sería inútil barrer todos los días las calles muy temprano, regarlas abundantemente de alto a bajo, si pudiera ser desde las azoteas, no consentir inmundicias ningunas en ellas, ni en las casas, especialmente de vecindad, y limpiar a menudo las [a]tarjeas que estuvieron ensolvadas.” Ibidem, p. 98.

[25] En el mismo folleto Fernández de Lizardi había escrito: “No habiendo ya quien dude que la peste se extiende no sólo por el contacto con los cuerpos o ropas de los apestados, sino también por la multitud de miasmas pútridos que, exhalándose de aquéllos infestan la atmósfera que respiramos, sería útil regar las casas con vinagre fuerte y quemar cuerno, estiércol de caballo o cosa semejante que embotase las partículas venenosas. No ignoro que hay otras fumigaciones, tal vez más eficaces; pero no más fáciles ni menos costosas, y yo escribo para todos.” Idem.

[26] Fernández de Lizardi propone en el mismo lugar: “Por último, sería útil, justo y necesario que no se sepultara ningún cadáver en la iglesia dentro de poblado. La práctica contraria es un abuso indecente y pernicioso. Nadie consentirá que pongan un perro muerto en la pieza de la casa donde asiste, y nosotros no nos cansamos de rellenar de cuerpos podridos y hediondos la casa del Señor de la Majestad, convirtiendo sin asco en un inmundo albañal el lugar santo y terrible destinado sólo al sacrificio y la oración.” Ibidem, p. 99.

[27] Concilio Eliberitano. El Iliberitanum se celebró en el año 320. En Propuestas benéficas... había dicho Fernández de Lizardi: “La santa Iglesia ha tolerado, pero no ha sancionado el uso contrario [enterrar fuera de poblado]. La de España, conforme al Concilio Eliberitano celebrado a principios del siglo IV, observó exactamente la disciplina antigua de sepultar fuera de poblado, y por espacio de once siglos no hubo la menor transgresión.” Ibidem, p. 100. En la nota “b” del capítulo I del tomo III, de El Periquillo Sarniento titulado “Trata Periquillo de quitarse el luto, y se discute sobre los abusos de los funerales, pésames, entierros, lutos, etcétera” se lee: “desde la peste del año [1]813, aboliéndose el envejecido abuso de sepultarse los cadáveres en las iglesias, y dándoles sepulcro en los campos santos suburbios conforme a las determinaciones de los Concilios. ¡Ojalá no se olvide, ni haya sus infracciones toleradas o impunes!” Cf. Obras VIII-Novelas, p. 231.

[28] En Propuestas benéficas... Fernández de Lizardi había escrito: “La costumbre de enterrar fuera de poblado fue enseñada de tiempo inmemorial: así lo practicaron griegos y romanos, también los hebreos [...]”. Cf. Obras X-Folletos, p. 100.

[29] copal. Voz mexicana que designaba todas las resinas que se quemaban en los templos.

[30] Cabildos eclesiástico y secular. La Catedral de México fue erigida por fray Juan de Zumárraga en 9 de septiembre de 1534, por bula de Clemente VII, bajo el título de la Asunción de Nuestra Señora. El cabildo eclesiástico “se compone de cinco dignidades, que son deán, arcediano, chantre, maestrescuelas y tesorero, de diez canonjías, de las cuales la penitenciario, lectoral y magistral se proveen en virtud de públicas pruebas y ejercicios literarios, cinco de merced o gracia, y la venta de la otra está aplicada al tribunal de la Inquisición: seis prebendas de ración entera, seis de media ración, tres curas párrocos, treinta capellanes, seis acólitos, y diez y seis infantes de coro; veinte músicos, un sacristán mayor y dos menores, con varios mozos de la sacristía, dos celadores, dos apuntadores del coro, periquero, caniculario, y otros ministros y dependientes. Es metropolitana de la Nueva España y tiene por sufragáneas las iglesias de Tlaxcala, Puebla de los Ángeles, Valladolid de Michoacán, Antequera de Oaxaca, Guadalajara de la Nueva Galicia, Yucatán, Durango de la Nueva Vizcaya, Sonora y Monterrey del Nuevo Reino de León: y hasta el año de 1743, lo fueron también Guatemala, Chiapas, Nicaragua y Comayagua [...] Ha tenido hasta este año de 1811, veinte y nueve arzobispos, venerables todos por su virtud y doctrina, de los cuales nueve han sido virreyes de la Nueva España, tres prelados grandes cruces de la Orden de Carlos III, y un arzobispo de Toledo y cardenal de la Santa Iglesia Romana. Sus capitulares en la mayor parte doctores teólogos o canonistas, han resplandecido siempre por su nobleza, gravedad de costumbres, letras, virtudes eclesiásticas, y de ellos ha habido tres arzobispos de la metropolitana, y más de cincuenta obispos y arzobispos de otras iglesias de las Américas, de Asia y de Europa”. Cf. Mariano Beristáin de Souza, Biblioteca Hispanoamericana..., t. III, p. 217.

[31] Desde la Conquista hasta fines del siglo XIX, fue costumbre general sepultar los cadáveres en los templos, aun en las capillas más pobres, en las sacristías, y en el interior de los conventos. Los hospitales tenían sus propios cementerios tal es el caso de San José de los Naturales, San Lázaro y San Andrés, por ejemplo; el de este último fue fundado en 1784, y en 1836 fue declarado cementerio general con el nombre de Santa Paula. Fuera de garitas no había cementerios. Según el mapa de García Conde, en 1793, había varias garitas en la ciudad de México: al oeste, San Cosme, Clavario y Belén; al sur, Piedad y San Antonio Abad; al este, San Lázaro y Peralvillo, en el extremo sur de la ciudad; las de Tepito y San Lázaro estaban en el lugar que indica su nombre.

[32] cuando no suda el ahorcado, es ridiculez que se apure el padre. Darío Rubio registra. “No suda el ahorcado y suda la soga” con su variante: “No suda el ahorcado y suda el padre”, ambas, dice Rubio, son arreglos del refrán español que dice: “No llora o no suda el ahorcado y llora o suda el teatino”, refrán que se usa para criticar al que se apura por el negocio ajeno más que el propio interesado. Cf. Darío Rubio, Refranes, proverbios..., p. 341.

[33] Gabriel Bocángel, autor de El cortesano y El discreto. Político inmoral, príncipe de los romances, se editó en México en 1655, 1709, 1724 y 1755.

[34] José Mariano Beristáin de Souza (1756-1817). Nacido en la ciudad de Puebla —capital del estado de Puebla— y muerto en la ciudad de México. Sacerdote, bibliógrafo y teólogo. Fue colaborador de El Amigo de la patria, y de El verdadero ilustrador americano. Fue presidente del gobierno arzobispal desde el año de 1809. Autor de la magna obra Biblioteca Hispanoamérica septentrional, o Catálogo y noticia de los literatos, que o nacidos o educados, o florecientes en la América Septentrional Española, han dado a luz algún escrito o lo han dejado preparado para la prensa, México, 1816-1821. Publicó bajo los siguientes seudónimos: Acerario, El Diarista Pinciano —con éste, según la misma Biblioteca de Beristáin, suscribió algunas producciones a diarios españoles, firmando como E. D. P., y en los diarios de México con El Ex D. P., El Ex Diarista Pinciano—, como Filopatro publicó Discurso... sobre la elección de diputados de la Nueva España..., México,1809; y con las iniciales de su nombre J. M. B. Publicó Carta al caballero Barrinton, México, 1812; y el Discurso para el domingo de Ramos del año de 1815, pronunciado en la metropolitana de México, J. M. B., Dean de la misma. Cf. Ruiz Castañeda y Márquez Acevedo, Diccionario de seudónimos... El ejemplar de este último discurso resguardado por la Biblioteca Nacional, tiene una nota introductoria que aclara que la publicación del mismo fue un tributo a José Mariano Beristáin, quien en el momento mismo de pronunciarlo sufrió un accidente imprevisto, que le impidió concluir, poco tiempo después Beristáin murió. Cf. Meza Oliver y Olivera López, Catálogo de la colección Lafragua... 1811-1821.