COMUNICACIÓN DE DON FÉLIX MARÍA CALLEJA

AL MINISTRO DE GRACIA Y JUSTICIA, RELATIVA A LA SITUACIÓN

GENERAL QUE PRIVABA EN NUEVA ESPAÑA EN 1813,

Y PRINCIPALMENTE DE LA LABOR SUBVERSIVA

DENTRO DE LA CAPITAL

Junio 20 de 1813[1]

 

Excelentísimo señor:

 

Recibido por mi inmediato antecesor[2] el decreto de 10 de noviembre de 1810 sobre la libertad de la imprenta,[3] lo pasé a los fiscales para que promovieran su cumplimiento y se verificase su ejecución; pero si bien conocieron estos ministros la conveniencia y utilidad de aquella suprema disposición, no pudieron desentenderse de las gravísimas dificultades que ofrecía su práctica en estos países, cuyas circunstancias de rebelión y partidos no eran a su parecer compatibles con la libertad de escribir. Sin decidirse, pues, a la suspensión del real decreto, opinaron que se pidiesen informes a los reverendos obispos, cabildos sede vacante, intendentes[4] y Tribunal de la Inquisición,[5] para que con presencia de las observaciones de cada cual sobre la situación política de estas provincias, manifestasen en dictamen acerca de la utilidad o perjuicios de establecer la libertad de la imprenta. Así se verificó circulando los oficios respectivos; pero antes de reunirse todas las contestaciones llegó a este virreinato la real orden de 6 de febrero del año anterior, previniendo que si aún no se había puesto en ejecución el Decreto de la libertad de imprenta, se verificase su práctica, aunque sólo hubiese cuatro vocales en la Junta Censorial[6] de esta capital. Creyeron los fiscales, con vistas de esta última resolución, que a pesar de los inconvenientes que se habían pulsado para cumplir el expresado decreto y de que la mayor parte de los informes recibidos hasta entonces convenían substancialmente de que sería perjudicial y dañoso por ahora el establecimiento de la libertad de la imprenta atendiendo al estado de rebelión y alzamiento en que hallaban estos dominios, no quedaba arbitrio para suspenderlo por más tiempo, y a consecuencia procedió a la publicación del decreto, cuya ejecución se hizo saber por bando en 5 de octubre del año último.[7] Principió el público en efecto a usar del derecho que se le concedió; y principió también a abusar de la libertad de la imprenta en términos de producir una general agitación, tanto más peligrosa cuanto más interés tenían algunos hombres perversos en provocar un movimiento popular que les ofreciese ocasión de realizar sus depravadas miras. No podían contenerse estos abusos por medio de los tribunales, como lo habían expuesto los fiscales en su último pedimento examinando los artículos 16, 17, 18 y 20 del decreto de la libertad de imprenta,[8] fundados en el insubsanable inconveniente de la excesiva dilación en los trámites de calificación; y temiéndose funestos resultados del fomento de la división a que propendían las animosidades y especies sediciosas que se vertieron escandalosamente en varios escritos mientras duró la imprenta libre, se resolvió previo voto consultivo de esta Audiencia, suspender la indicada libertad, como se verificó por bando de 5 de diciembre del año último[9] hasta la determinación del gobierno supremo, a quien debería darse cuenta con el correspondiente testimonio.

Tal era el estado de este punto cuando tomé el mando de estas provincias el 4 de marzo anterior[10], y su determinación fue desde luego una de mis primeras atenciones. Suponía y debía creer que el supremo gobierno había de tener ya conocimiento de todo, por mi inmediato antecesor, según la fecha en que mandó sacar testimonio del expediente respectivo para dar cuenta a la regencia del reino, y aunque ni en mi secretaría ni en los oficios de gobierno existe noticia de que lo hubiese hecho, no podía dudarlo, tanto por la gravedad del asunto, como porque de otros muchos de la primera atención tampoco habían quedado constancias ni apuntes de que se hubiera verificado con ellos, como con anterioridad tengo dicho a vuestra excelencia.

Dediquéme en consecuencia a examinar si la disposición de los ánimos había variado alguna cosa a lo menos cuando bastase para concederles el uso de la libertad de escribir. Esta prevención era tan necesaria, como se deja entender, reflexionando que no se trataba de males que se temiesen, sino de males positivos y experimentados, los cuales habían probado hasta la evidencia que ningún artículo de la Constitución podía producir más embarazos que el de la imprenta libre[11] en el actual estado de estos países. Para esto dispuse la ejecución de otros, cuyos inconvenientes logré salvar, con ánimo de que el resultado de ella me sirviese de norma, y me aclarase lo que podía esperar de la buena o mala fe de estos habitantes; resuelto a franquearles la imprenta, tan pronto como hubiese visto que la libertad de la Constitución la recibían para sofocar sus revolucionarios proyectos, para estrecharse con la metrópoli y para poner un término a su descontento; mas engañado en mis esperanzas después de la elección de este ayuntamiento constitucional,[12] y convencido de que estos naturales, obstinados en su mal propósito de independencia y segregación de la Península, sólo reciben la Constitución como un medio que puede proporcionarles llevar a cabo sus intenciones con menos obstáculos y dificultades, contuve mis deseos de volver a poner en práctica la libertad de la imprenta, cuya trascendencia debía ser infinitamente mayor que la de cualquiera otro artículo constitucional. Entonces examiné el punto con una doble circunspección y dando una ojeada a los efectos que produjo la imprenta libre en el primer periodo de su práctica, me convencí de la imposibilidad de repetirla por ahora, a fuerza de meditación y del análisis escrupuloso que hice de los informes que existían acerca de este negocio. Y aunque las muchas y fundadas reflexiones de los prelados eclesiásticos y jefes políticos que opinaron por la suspensión de la imprenta libre, parece que no dejaron nada que deriven la materia, añadiré no obstante que si cuando las expusieron estaba dividida la opinión y fermentados los ánimos, nos han disminuido en la actualidad estos obstáculos de la tranquilidad pública, y así como es cierto que no hay en la política ni en la moral civil ningún principio tan absoluto que no pueda estar sujeto a las aplicaciones relativas que cada cual quiera darle, según sus intereses o pasiones, así también es evidente que los facciosos de estas provincias se han valido de los propios fundamentos con que se pretendió convencerlos de la injusticia y absurdidad de su demanda, para apoyar sus proyectos y corroborar sus máximas de división e independencia. Los mismos Diarios de las Cortes[13] han suministrado materiales a los escritores rebeldes para hacernos una guerra incontrarrestable; y aprovechándose de sus luces de un modo maligno como el de presentar dislocados los principios liberales del Congreso, torcer su fundamento y sentido y considerarse en el caso de nación separada para aplicarse sus consecuencias, les ha proporcionado este medio más prosélitos que las ventajas que alguna vez han podido lograr sus armas. Este manejo astuto y depravado es el que se observa en los periódicos que con los títulos de Semanario Patriótico Americano,[14] Ilustrador Americano, [15] Correo Americano del Sur[16] y otros imprimen los rebeldes en los puntos que alternativamente ocupan. Para que vuestra excelencia se imponga y convenga de esta verdad y se sirva enterar de ella a la Regencia del reino, incluyo los ejemplares de dichos periódicos que he podido haber a las manos, los cuales son la demostración más palpable del estado de la opinión en estos países, y descubriendo las verdaderas miras de sus habitantes, a pesar de la máscara con que alguna vez pretenden encubrir sus pérfidos designios. No obstante, es preciso leerlos con reflexión para hallar sus enormes contradicciones, y evitar el alucinamiento que pueden producir algunas cláusulas en un espíritu desprevenido, pues invocando muchas veces al augusto nombre de nuestro monarca, el señor don Fernando VII se creería que procuraban de buena fe conservarle la obediencia de vasallos, si a vuelta de semejantes hipocresías no les brotara de la pluma su verdadera y única mira que es la absoluta independencia y proscripción de los europeos. En prueba de ello incluyo también a vuestra excelencia, el irrefragable testimonio que ofrece la carta que escribió la ridícula junta rebelde[17] al apóstata Morelos constante en la Gaceta adjunta, página 489, y cuyo original cogí entre los papeles del segundo cuando lo arrojé de Cuautla,[18] en que descaradamente hace a la augusta persona de nuestro soberano un ente de razón y bueno sólo su nombre para engañar a los pueblos.

Con el mismo fin van notadas al margen de los citados periódicos, con una señal, las especies más remarcables de sus contradicciones y con singularidad en el Semanario Patriótico Americano, en el cual es insultante sobre toda ponderación el escarnio que se hace del Supremo Congreso en el número 22, página 190, y las inventivas con que se zahiere su autoridad y rectitud, en una carta, contenidas desde los números 9 a 19 con notas pérfidas y degradantes de toda la nación española, de cada uno de sus individuos, y del mismo monarca Fernando VII. Pero lo que no deja duda de su modo de pensar, de lo que se puede ya esperar de estos habitantes, y de la falsedad y malicia con que cuando les acomoda, se valen de los nombres del rey y de las Cortes, siendo así que en su corazón los detestan, es lo que se lee en el Correo Americano del Sur, número 9, página 70, nota 5, en que afirman los rebeldes que si sus aliados los angloamericanos, en vez de favorecerlos, tratasen de sojuzgarlos, CELEBRARÍAN SIN EMBARGO SU SUERTE, UNA VEZ QUE SE CONTASEN LIBRES DE LA CRUELDAD INAUDITA DEL DESPOTISMO ESPAÑOL.

Finalmente todos sus papeles no respiran otra cosa, sino odio implacable a la nación española, venganza, revolución e independencia, y aunque por desgracia circulan subrepticiamente en esta capital y otras grandes poblaciones, sin ser parte para cortarlo la continua vigilancia y multiplicadas precauciones, no era posible sin embargo, que sus venenos cundiesen en la totalidad del pueblo, a cuyas manos llegan con dificultad; pero establecida la libertad de escribir, encontraron los malos el deseado recurso de conmover a la ignorante multitud y combinar los esfuerzos de los enemigos exteriores con la prevaricación de la capital, ora vertiendo simuladamente al espíritu de aquellos periódicos en los escritos públicos de ella, ora inspirando el odio y aborrecimiento al gobierno por medio de pinturas deformes de opresión y tiranía, presentadas a pretexto de precaución contra los exagerados abusos.

Nada era más fácil para conseguir de esta manera al fin a que aspiraba, [la libertad de imprenta], porque habiendo una disposición general, como realmente la hay, a la separación de la metrópoli y a la proscripción de todos los europeos, cada americano desea encontrar un pretexto plausible para apoyar sus ideas. Así es que en el tiempo en que duró la libertad de la imprenta, en lugar de escribirse discursos moderados sobre reformas, proyectos útiles de política y economía, etcétera, se produjeron quejas de un ponderado despotismo, se pusieron a la vista restricciones que ya no existían y se desfiguraron providencias necesarias; y queriendo que se considerase estos pueblos como en un perfecto estado de sosiego y conformidad de ánimos, se declamó contra toda clase de precauciones, pintándolas como la más extraordinaria arbitrariedad y como la información de las leyes y de la Constitución. Tal es el contexto y espíritu de un diluvio de papeles que se publicaron en aquel tiempo a la faz del gobierno, siendo notables, entre ellos, El Pensador Mexicano,[19] el Vindicador del Clero mexicano,[20] y los Juguetillos[21] cuyo autor, el licenciado don Carlos María de Bustamante estaba en correspondencia con los rebeldes, y que al fin, fugó con ellos temeroso de experimentar el poder de las leyes. De este modo se soliviantaron los espíritus; el pueblo que aquí piensa menos que en ningún otro país del mundo, oyó sin cesar los comentarios de aquellos escritos en la boca de sus compatriotas, y se empapó de las ideas que se le quisieron inspirar, todas contrarias a la rectitud de nuestras intenciones y a la sumisión al gobierno; más supersticioso que el de cualquier nación, fue atacado por este lado haciéndole creer que alguna resolución atentaba contra la pureza de la religión y los derechos de la Iglesia, según se estampó en impresos de aquellos días entre los que se comprenden los ya citados, y especialmente en una representación que se llamó del clero mexicano,[22] que multiplicada y difundida en copias, se imprimió después en Tlalpujahua[23] por los rebeldes que entonces poseían este pueblo; y difundidas estas especies en la multitud, canonizadas para ella con la autoridad de un autor o un apologista eclesiástico y con la validación de la imprenta, causaron un crecimiento indecible en la indisposición de los espíritus, y aun se practicaron animosidades de parte de todos los partidos, que al fin hubieron conducido en satisfacer las dañadas intenciones de muchos, con una convulsión desastrosa.

No se ocurrió a estos daños con la refutación escrita de los errores que sembraban aquellos papeles, porque sobre el principio de que la mínima parte de estos habitantes está decidida por la causa de la metrópoli; y el de casi todos los europeos que existen en estos países son negociantes, hacenderos y empleados y, por consiguiente, poquísimos de ellos pueden ni tienen ocasión de dedicarse a controversias políticas por falta de instrucción o tiempo, abundando en los americanos letrados farraguistas, curas ociosos y colegiales corrompidos que cuando no produzcan nada original, saben copiar, truncar especies escritas de otros, alucinar y pervertir, cuanto se imprimía en contra de la opinión de los facciosos, se ahogaba entre el conocimiento de muy pocas gentes que sin duda eran los que no necesitaban de desengaños; circulaba en consecuencia con muy estrecha limitación, se despreciaba por los que podían y no querían entenderlo, y nunca llegaba al total del pueblo, pues faltaban los fogosos e interesados agentes que sobraban para los escritos de otra especie, los cuales se esparcían con rapidez, se compraban con ansia y se repartían gratuitamente en todo el reino, y aun entre los países extranjeros. Así, no sólo quedaba subsistente el mal primero, sino que sucedía de más gravedad. Los europeos, blanco siempre de los revolucionarios ya directa, ya indirectamente, no viendo arbitrio para oponerse a sus contrarios con igual éxito en la pluma, que el que aquéllos tenían en sus ataques, se desahogaban con las expresiones picantes, con las conversaciones acaloradas, con las invectivas fuertes y aun con las imprecaciones y amenazas violentas, y si bien nada de esto se conformaba con la prudencia que exigía nuestra delicada situación, era imposible evitarlo y tal vez peligrosa cualquiera tentativa para conseguirlo, pues además de que por los artículos citados de Reglamento no se podía proceder al pronto castigo de los infractores de la libertad de imprenta, ni privar a ningún escritor de que siguiera escribiendo, aun después de recogida alguna primera producción suya, si se hubiese hecho algún ejemplar con cualquiera de ellos, habría levantado el grito la muchedumbre de los facciosos, quejándose de tiranía y arbitrariedad; de que la imprenta libre no era más que un cebo para encontrar criminales; que la decantada libertad era ilusoria;[24] que no se quería que los americanos discurriesen; y otras especies que, sin haber llegado el caso, se esparcieron para prevenir cualquiera resolución; y si por el mismo orden se hubiese procedido contra algún imprudente europeo, su partido se habría escandalizado y conmovido llamando tropelía a esta determinación; se hubiera dicho que se quería exponer la patria dejando impunes a los incendiarios y persiguiendo a los buenos; y otras cosas que también se dijeron, sólo porque no se castigó vigorosamente a alguno de los primeros. Bien claro es que las conveniencias de esta contraste y violento choque de pasiones e intereses habían de ser el fomento de la división, la tirria de los partidos y la imposibilidad de la reconciliación. No han variado por cierto las circunstancias, para esperar que en el día no se repitiesen las mismas escenas y fuésemos al fin testigos de los resultados que necesariamente deben producir; y yo tengo por evidente que si a la Regencia del reino se le hubiesen suministrado oportunamente los datos necesarios para que hubiera tenido un exacto conocimiento del verdadero estado político de estos países, no habían expedido la citada real orden de 6 de febrero, ya que cuando se comunicó el soberano decreto de las Cortes, aún no se podía juzgar con el suficiente fundamento sobre aquel delicado punto, pues sean cuales fueren las razones que obren en favor de la libertad de imprenta, de cuyas ventajas en general estoy íntimamente convencido, no puedo menos de creer y el Supremo Gobierno lo creerá conmigo, que no obren del mismo modo ciertas resoluciones políticas en un pueblo conforme en su opinión y sentimientos, que en otro revuelto, dividido y sin espíritu público. El atraso en la cultura general de estos habitantes es otro inconveniente para el buen efecto de la libertad de la imprenta, en la actual crisis que sufren estas regiones; porque viciadas las ideas de los que podían contribuir por este medio a la ilustración común, con la influencia que presa el paisanaje, se valdrían de aquel arbitrio, como se han valido, para acabar de extraviar la multitud, abusando de su ignorancia y precipitarla en el desorden. El ascendiente de los europeos y buenos americanos está en menos razón que su número, siendo éste el menor posible; por manera que fortuitamente han de triunfar los malos, tan pronto como se les despeje el camino de sembrar y esparcir sus erróneas máximas.

Un proceder enérgico y sostenido, único recurso que ya queda para contener el progreso de los que miran el Estado, y que podría en el caso presente atajar los males que van referidos y circunscribir a cada uno dentro de sus deberes, no está en mi mano adoptarlo espontáneamente; y en tales circunstancias he tenido por lo menos malo continuar la suspensión de la libertad de la imprenta.

Si a pesar de estas reflexiones y de lo que resulta de los testimonios que son adjuntos, el Supremo Gobierno determina el establecimiento absoluto de la libertad de imprenta, cumpliré su resolución sin poder responder de las resultas cuando haya de ser un mero espectador de las maquinaciones de los malvados y del riesgo de la patria sin estarme dado acudir a su remedio con aquel desembarazo y energía que demandan las circunstancias de este país, muy diferentes de las de la Península en cualquier sentido que se consideren, pues si fuese posible que los escritores de España se valieran de la libertad de la imprenta para prevenir los ánimos a favor de la dominación francesa, preparar la subversión y ruina del Estado, y trabajar para que el tirano Napoleón se enseñorease de la Península, ciertamente que el Soberano Congreso la suprimiría sin vacilar, supuesto que por más providencias que se dicten contra un papel ya impreso y divulgado, nadie evita su primer poderoso efecto; esto parece que debería suceder en España, dado el ser aquel abuso general, pudiendo castigar ejecutivamente y contando con la buena disposición del pueblo y sólo con enemigos exteriores; ¿cómo, pues, no ha de ser necesaria igual medida entre nosotros que nos hallamos en el caso práctico, sin poder imponer silencio con el pronto castigo; con enemigos exteriores y declarados, con enemigos interiores dispuestos a aprovecharse de la primera coyuntura para pronunciarse contra el gobierno, con un pueblo mal preparado, en fin, como en un país extranjero y contrario? En esta atención espero que vuestra excelencia se sirva dar cuenta con toda la Regencia del reino, añadiendo que, no obstante lo expuesto, si llegase felizmente a observar que variasen las circunstancias, cediesen los facciosos y se restableciese la armonía y fraternidad entre esto habitantes, yo mismo, sin necesidad de nuevo precepto, los pondré en derecho de publicar libremente sus ideas políticas con arreglo al soberano decreto de la materia, repitiendo que tanto como en tal caso sería provechosa, es ahora nocivo y perjudicial. Sin embargo, su alteza resolverá lo que fuese de su agrado.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años.

 

México, 20 de junio de 1813.

 

Félix Calleja[25]

 

Excelentísimo señor ministro de Gracia y Justicia.

 
 


[1] Tomado de Ernesto de la Torre Villar, Los Guadalupes..., pp. 30-35.

[2] Francisco Javier Venegas. Cf. nota 9 a Respuesta del virrey Venegas a don José Joaquín Fernández de Lizardi, en este volumen.

[3] Decreto de 10 de noviembre de 1810 sobre la libertad de la imprenta. El siguiente bando del virrey Venegas, contiene dicho decreto de las Cortes. “DON FRANCISCO XAVIER VENEGAS DE SAAVEDRA, Rodríguez de Arenzana, Güemes, Mora, Pacheco, Daza y Maldonado, Caballero del Orden de Calatrava, Teniente General de los Reales Ejércitos, Virrey, Gobernador y Capitán General de esta Nueva España, Presidente de su Real Audiencia, Superintendente General Subdelegado de Real Hacienda, Minas, Azogues y Ramo del Tabaco, Juez Conservador de éste, Presidente de su Real Junta y Subdelegado general de Correos en el mismo reino.

Por el Supremo Ministerio de Gracia y Justicia se me comunicó con fecha doce de noviembre del año 1810, el Real Decreto de 11 del mismo mes, que a la letras es como sigue:

Excelentísimo Señor: DON FERNANDO VII por la gracia de Dios, rey de España y de las Indias, y en su ausencia y cautividad el Consejo de Regencia, autorizado interinamente, á todos los que las presentes vieren y entendieren, sabed: que en las Cortes Generales Extraordinarias, congregadas en la real isla de León, se resolvió y decretó lo siguiente:

Artículo I. Todos los cuerpos y personas particulares, de cualquiera condición y estado que sean, tienen libertad de escribir, imprimir y publicar sus ideas políticas sin necesidad de licencia, revisión ó aprobación alguna anteriores á la publicación, bajo las restricciones y responsabilidades que se expresarán en el siguiente decreto.

II. Por tanto, quedan abolidos todos los actuales juzgados de imprentas y la censura de las obras políticas precedente á su impresión.

III. Los autores é impresores serán responsables, respectivamente, del abuso de esta libertad.

IV. Los libelos infamatorios, los escritos calumniosos, los subversivos de las leyes fundamentales de la Monarquía, los licenciosos y contrarios á la decencia pública y buenas costumbres, serán castigados con la pena de la ley y las que aquí se señalarán.

V. Los Jueces y Tribunales respectivos entenderán en la averiguación, calificación y castigo de los delitos que se cometan por el abuso de la libertad de imprenta, arreglándose á lo dispuesto por las leyes y en este reglamento.

VI. Todos los escritos sobre materia de religión, quedan sujetos á la previa censura de los Ordinarios eclesiásticos, según lo establecido en el Concilio de Trento.

VII. Los autores, bajo cuyo nombre quedan comprendidos el editor ó el que haya facilitado el manuscrito original, no estarán obligados á poner sus nombres en los escritos que publiquen, aunque no por eso dejen de quedar sujetos á la misma responsabilidad. Por tanto, deberá constar al impresor quien sea el autor ó editor de la obra, pues de lo contrario sufrirá la pena que se impondría al autor ó editor si fuesen conocidos.

VIII. Los impresores están obligados á poner sus nombres y apellidos y el lugar y año de la impresión en todo impreso, cualquiera que sea su volumen; teniendo entendido que la falsedad en alguno de estos requisitos se castigará como la omisión absoluta de ellos.

IX. Los autores ó editores que abusando de la libertad de la imprenta contravinieren á lo dispuesto, no sólo sufrirán la pena señalada por las leyes, según la gravedad del delito, sino que éste y el castigo que se les imponga se publicarán con sus nombres en la Gaceta del Gobierno.

X. Los impresores de obras ó escritos que se declaren inocentes ó no perjudiciales, serán castigados con 50 ducados de multa en caso de omitir en ellos sus nombres ó algún otro de los requisitos indicados en el artículo VIII.

XI. Los impresores de los escritos prohibidos en el artículo IV que hubiesen omitido su nombre ú otra de las circunstancias ya expresadas, sufrirá, además de la multa que se estime correspondiente, la misma pena que los autores de ellos.

XII. Los impresores de escritos sobre materia de religión sin la previa licencia de los Ordinarios, deberán sufrir la pena pecuniaria que se les imponga sin perjuicio de las que en razón del exceso en que incurran, tengan ya establecidas las leyes.

XIII. Para asegurar la libertad de la imprenta y contener al mismo tiempo su abuso, las Cortes nombrarán una Junta Suprema de Censura que deberá residir cerca del Gobierno, compuesta de nueve individuos, y á propuesta de ellos otra semejante en cada capital de provincia compuesta de cinco.

XIV. Serán eclesiásticos tres de los individuos de la Junta Suprema de Censura, y dos de los cinco de las Juntas de la Provincias, y los demás serán seculares, y unos y otros sujetos instruídos y que tengan virtud, probidad y talento necesario para el grave encargo que se les encomienda.

XV. Será de su cargo examinar las obras que se hayan denunciado al poder ejecutivo ó Justicias respectivas; y si la Junta Censoria de provincia juzgase, fundando su dictamen, que deben ser detenidas lo harán así los Jueces y recogerán los ejemplares vendidos.

XVI. El Autor ó Impresor podrá pedir copia de la censura y contestar á ella. Si la Junta confirmase su primera censura, tendrá acción el interesado á exigir que pase el expediente á la Junta Suprema.

XVII. El Autor ó Impresor podrá solicitar de la Junta Suprema que se vea primera y aún segunda vez su expediente, para lo que se le entregará cuanto se hubiese actuado. Si la última censura de la Junta Suprema fuese contra la obra, será ésta detenida sin más examen, pero si la aprobase, quedará expedito su curso.

XVIII. Cuando la Junta Censoria de Provincia ó la Suprema según lo establecido, declaren que la obra no contiene sino injurias personales, será detenida y el agraviado podrá seguir el juicio de injurias en el Tribunal correspondiente con arreglo á las leyes.

XIX. Aunque los libros de religión no pueden imprimirse sin licencia del Ordinario, no podrá éste negarla sin previa censura y audiencia del interesado.

XX. Pero si el Ordinario insistiese en negar su licencia, podrá el interesado acudir con copia de la censura á la Junta Suprema, la cual deberá examinar la obra y si la hallase digna de aprobación, pasar su dictamen al Ordinario, para que, más ilustrado sobre la materia, conceda la licencia, si le pareciere, á fin de excusar recursos ulteriores.

Tendrálo entendido el Consejo de  Regencia y cuidará de hacerlo imprimir, publicar y circular. —Luis del Monte, Presidente.— Evaristo Pérez de Castro, Secretario. — Manuel de Luján, Secretario.— Real Isla de León, 10 de noviembre de 1810.— Al Consejo de Regencia.

Y para la debida ejecución y el cumplimiento del decreto precedente, el Consejo de Regencia ordena y manda á todos los Tribunales, Justicias, Jefes, Gobernadores y demás autoridades, así civiles como militares y eclesiásticas, de cualquiera clase y dignidad, que le guarden, hagan guardar, cumplir y ejecutar en todas sus partes. Tendréislo entendido y dispondréis lo necesario á su cumplimiento.— Pedro Agar, Presidente.— Marqués del Castelar.— José María Puig Samper.

Y para que llegue á noticia de todos, mando se publique por Bando en esta Capital y las demás ciudades, villas y lugares del Reino, emitiéndose los ejemplares acostumbrados á los Tribunales, Jefes y Magistrados á quienes corresponda su inteligencia y observancia. Dado en el Real Palacio de México, á 5 de octubre de 1812.— Francisco Xavier Venegas.— Por mandado de S. E. Joseph Ignacio Negreyros y Soria.—” Cf. La Constitución de 1812..., t. I, pp. 111-114.

[4] intendentes. Había en la Nueva España doce intendencias: México, Puebla, Oaxaca (aproximadamente el actual estado del mismo nombre), Mérida (los actuales estados de Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo), Veracruz (aproximadamente el actual estado del mismo nombre), San Luis Potosí, Guanajuato, Valladolid de Michoacán, Guadalajara, Zacatecas, Durango y Arizpe.

[5] Tribunal de la Inquisición. Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, llamado por oficio a perseguir delitos contra la fe, también tuvo una finalidad política al servicio de la corona Se instaló en 1522, aunque formalmente el 4 de noviembre en 1571. Los indios quedaron fuera de su jurisdicción desde 1573. Suprimido el 9 de junio de 1813 fue repuesto por Fernando VII en 1814. Se extinguió definitivamente el día 9 de marzo de 1820. Las penas inquisitoriales en México eran penitencias, prisiones, multas y la infamia que siempre acompañaba al que tenía la desgracia de ser procesado. Estuvo en la esquina de Perpetua (hoy 1ª de República de Venezuela) y Santo Domingo.

[6] Véase el artículo XIII, nota 3 de este folleto.

[7] Bando de 5 de octubre de 1812. Véase nota 3 de este folleto.

[8] Véanse tales artículos en la nota 3 de este folleto.

[9] Bando de la suspensión de la libertad de imprenta, 5 de diciembre de 1812. Cf. nota 7 a Carta de los Guadalupes a don José María Morelos. Diciembre 7 de 1812, en este volumen.

[10] Félix María Calleja. Conde de Calderón (1755-1828) 60° virrey de la Nueva España (1813-1816) Tomó posesión el 4 de marzo de 1813. A fines de ese año en México cayó una epidemia que mató a más de 17 mil personas. Organizó el Ejército del Centro durante la Guerra de Independencia. Fue uno de los virreyes más sangrientos en su lucha contra el Congreso de Chilpancingo (septiembre de 1813) y la Constitución de Apatzingán. Publicó una Instrucción formada para ministrar la vacuna como único preservativo al contagio de viruelas.

[11] El artículo 371, capítulo único del título IX registra la libertad de imprenta: “Todos los españoles tienen libertad de escribir, imprimir y publicar sus ideas políticas, sin necesidad de licencia, revisión o aprobación alguna anterior a la publicación, bajo las restricciones y responsabilidad que establezcan las leyes”. Cf. Tena Ramírez, Leyes fundamentales..., pp. 102-103.

[12] Ayuntamiento constitucional. Al recibir Félix María Calleja el gobierno del virreinato, “Dispuso enseguida [...] que se procediese á la elección del Ayuntamiento de México, llamando en consecuencia á don Jacobo Villaurrutia, que á pretexto de enfermedad se había quedado en Puebla, y ordenando que se pusiese en libertad á otro de los electores, don Juan N. Martínez, quien había sido reducido á prisión algunos meses antes [...], por achacársele que mantenía activa correspondencia con el jefe insurgente  Villagrán; pero queriendo evitar lo sucedido en las elecciones primarias, no sólo interpuso su  mediación en los electores para que no quedasen excluidos los españoles en el nombramiento que iban a hacer, sino que se valió del arzobispo para que inclinase en ese sentido a los muchos, de entre aquellos que eran sacerdotes [...] Todo fue en vano, dice á este propósito Alamán, y  en la elección que se efectuó en 4 de abril, fueron enteramente excluidos los europeos; recayendo aquélla por la mayor parte, en individuos que, aunque pertenecían á la clase más distinguida de la sociedad, eran tenidos por adictos á la causa de la independencia, conforme a la lista que se había circulado cuatro meses antes,  cuando se hicieron las elecciones primarias. Como era fácil prever, presto comenzaron los choques entre un Ayuntamiento compuesto de tales elementos y el gobierno. Húbolos sobre la autoridad de los alcaldes, que la corporación pretendía ensanchar sobremanera, húbolos también sobre la administración del Colegio de San Gregorio, y con motivo de la junta de policía, por todo lo cual se empeñaron fuertes contiendas y se pasaron por una y otra parte muy agrias comunicaciones”. Cf. México a través de los siglos, t. III, p. 380.

[13] Diarios de las Cortes. Se refiere al Diario de Sesiones de Cortes de España, Congreso y Senado 1808-1911, setecientos volúmenes, en folio, 1922. La parte del Congreso comienza en 1808 con las sesiones de Bayona.

[14] Semanario Patriótico Americano. Editado por Andrés Quintana Roo, en la Imprenta de la Nación Americana, en 4°; una hoja sin fecha para el plan del periódico. Su objetivo principal era dar noticias militares. Fueron 28 números con un total de 248 páginas; el número uno con fecha 20 de julio de 1812 y el último del domingo 24 de enero de 1813. Cf. Garritz, Guedea y Lozano, Impresos novohispanos. 1808-1821, t. I, p. 349.

[15] Ilustrador Americano. México, Imprenta de la Nación, 1812- [1813]. En 4°, editado por José María Cos. Se publicaron 36 números con un total de 124 páginas. Hasta esa fecha salieron a la luz tres extraordinarios, a saber, del lunes 10 de agosto de 1812, domingo 18 de abril y 28 del mismo mes de 1813. El 3 de junio de 1812 el Tribunal de la Inquisición emitió un edicto en que prohibió la lectura y retención de este periódico. Ibidem, pp. 325-326.

[16] Correo Americano del Sur. Antequera de Oaxaca, Imprenta de la Nación, 1813. Editores José Manuel Herrera y Carlos María de Bustamante. Imprenta propiedad de Br. José María Idiáquez. Se publicaba todos los jueves; 39 números y cinco extraordinarios. El primer número de fecha 25 de febrero de 1813, cada uno constaba de 8 páginas de foliación seguida. El último de fecha 25 de noviembre de 1813. Este periódico es considerado el último publicado por José María Morelos. Ibidem, p. 385.

[17] Junta de Zitácuaro. Cf. nota 20 a Carta de los Guadalupes a don José María Morelos. Diciembre 7 de 1812, en este volumen.

[18] Sitio de Cuautla. Después de que Morelos ocupó Taxco el 1° de enero de 1812, su objetivo fue invadir Puebla por lo que permaneció tres días en Tenancingo, pasó por Cuernavaca, y el 9 de febrero de 1812 se sitúo en Cuautla de las Amilpas con unos tres mil hombres. El virrey Venegas respondió a esta estrategia de los insurgentes con el ejército llamado del centro, bajo el mandado del jefe realista Félix María Calleja, y el 17 de febrero el ejército acampó a dos leguas de Cuautla, en el campo de Pasulco. El 19 de febrero las tropas de Calleja se retiraron en espera de refuerzos y el último día del mes la división de Llano los auxilió. Cuautla quedó incomunicada y asediada por el hambre y la sed. Finalmente, el sitio se estableció hasta el 5 de marzo, en que unidos los dos campos de Calleja y Llano, tomaron posición y empezaron a batir el pueblo.

[19] El Pensador Mexicano. Cf. nota 3 a Primer número de [El] Juguetillo..., en este volumen.

[20] Vindicador del clero mexicano. José Julio García de Torres escribió El Vindicador del clero mexicano, a su antagonista B., México, por Manuel Antonio Valdés, 1812, 18 p. y Vindicación del pueblo mexicano vulnerado en las anotaciones que publicó el M. R. P. Fr. José Joaquín Oyarzábal contra la representación que el mismo clero dirigió al Illmo.y venerable cabildo sede-vacante promoviendo la defensa de su inmunidad personal. Formóla el Dr. y Mtro. don Joseph Julio García de Torres, ex–rector dos veces de la Real y Pontífice Universidad. México, Manuel Antonio Valdés, 1812, 16 pp. En ambos García de Torres defiende la inmunidad eclesiástica que vieron afectada por el bando de 25 de junio de 1812 que tomaba medidas en contra del clero insurgente. Cf. Meza Oliver y Olivera López, Catálogo de la colección Lafragua...1811-1821, p. 45.

[21] El Juguetillo. Cf. nota 19 a Carta de los Guadalupes a don José María Morelos. Diciembre 7 de 1812, en este volumen.

[22] Representación del clero mexicano. Gonz[ál]es Angulo es autor de Representación del clero de México sobre su inmunidad, con referencia al bando de 25 de junio de [1]812. Formada por el licenciado Gómez Angulo auditor de Arta. e Ingenieros. Presentada la  noche del 5 de julio de dicho año. Subscrita de 105 sacerdotes seculares y regulares. México, 5 julio 1812. 26 fs., [Ms.] Contiene una dedicatoria manuscrita a José de Jesús Noriega, marqués de Selva Nevada. Los firmantes apelan a la autoridad de su tarea espiritual frente al poder civil; señalan que el bando del 25 de julio de 1812 viola la inmunidad del clero, privilegio concedido por Dios a sus representantes en la tierra, por tanto la disposición de ejecutar a los clérigos insurgentes era en todo contraria a esta posición “sagrada”. Piden al virrey suspender las disposiciones de dicho bando. Cf. Meza Oliver y Olivera López, Catálogo de la colección Lafragua...1811-1821, p. 46.

[23] Tlalpujahua. “(Lugar donde hay carbón de tierra) Municipalidad del Dto. de Maravatío, Edo. de Mich. [...]; está en la sierra de su nombre, y su principal elemento de riqueza es la minería, pues es una de las regiones metalíferas más antiguas de la República y fue explotada por los indios antes de la Conquista. Pueblo cabecera de la municipalidad anterior [...]; está en lo más intrincado de la sierra y cerca de él está el fuerte del Gallo (Véase este nombre)”. Cf. Leduc, Lara y Pardo, Roumagnac, Diccionario de geografía, historia..., p. 989. Leona Vicario se casó en Tlalpujahua con Andrés Quintana Roo.

[24] Fernández de Lizardi en El Pensador Mexicano, núms. 1 y 2, t. I, discurre sobre la libertad de imprenta y escribe: “He dicho que la esclavitud de los entendimientos en restringir la libertad de la imprenta era patrocinada sin razón, y no me desdigo [...] Tampoco aplaudo la libertad absoluta de la imprenta, sino la respectiva, no quiero que cada uno sea libre para imprimir blasfemias contra la religión y libelos contra el gobierno: nada menos.” Cf. Obras III- Periódicos, pp. 34, 35.

[25] Véase la nota 10 de este folleto.