CASO ORIGINAL SUCEDIDO EN ESTA CAPITAL,

O SEAN OBSERVACIONES IMPORTANTES

Y CONSULTA AL PÚBLICO[1]

 

 

Señores escritores todos y los que no lo son, y usted principalmente, señor Pensador Mejicano, que ha dado pruebas a lo menos de su buena disposición, cuando no sea el mejor de los coment[ar]istas de nuestras nuevas instituciones. ¡Ah, sí, cuánto debe a usted México, y la nación toda de que nos haya aclarado e ilustrado los artículos 1, 2, y particularmente el 3 y otros de nuestro sagrado Código![2] Vaya, parece que ya no quedaba qué desear; parece que ya podíamos estar seguros aun de las acechanzas que el curso ordinario de las mismas cosas y casos particulares conducen al hombre a los escollos de su miseria y perdición; pero ¡cuán a costa de mi propio desengaño he visto que no es así! Sí, señor, he visto cuánto dista la práctica de la teórica, cuánto lisonjea ésta, y cuán penosa es aquélla.

            Pero como quiera que esto es, o a lo menos debe ser sabido de todos, y aun [de] usted. Y los demás hablan sin duda bajo este concepto; al paso que no puedo menos de amonestarles que cuando se dispongan a explicarnos estas y otras doctrinas, nos inculquen y repitan a cada momento las dificultades y trabas que debemos superar en su práctica, y el modo de eludirlas del mejor modo posible para no hallarnos en el momento más preciso a la manera del bebedor que asiendo la copa de su delicioso refino néctar se lo empina, sin  el necesario alimento que en parte debía moderarle los tristes efectos. Pasaré a hacerle una relación sencilla de un caso original y muy original que acaba de sucederme en estos días, para que su ejemplo y las medidas ulteriores que deban de tomarse ilustrando la materia, nos pongan a cubierto de otro petardo[3] semejante.

            Es el caso, pues, señor Pensador, que entre los varios papeles atrevidos y descarados que salen a luz en esta capital, uno de ellos en particular me tiene empecatado,[4] y cada vez que sale y lo leo se me alborota la bilis en términos que paso un rato muy desazonado; porque nada menos que trata de echar por tierra nuestras instituciones, desacreditar y vejar a sus autores, desconocer la soberanía del pueblo o de la nación, y, en una palabra, reprobar en un todo el actual sistema de nuestro inmejorable gobierno.

            Yo, que por principios y convencimiento he sido siempre liberal, jamás he podido sufrir con paciencia a los del partido contrario, que los distinguimos con el nombre de serviles, porque los gradúo por unos egoístas despreciables, enemigos declarados de sus semejantes, y por consiguiente del mismo supremo Ser y su adorable religión.

            Impulsado de estos principio, y a vista de que las autoridades establecidas para el efecto no procedían, como esperaba, a recoger unos impresos, como de la clase de los subversivos de las leyes fundamentales de la monarquía, indicados en el artículo 4[5] del Reglamento de libertad de imprenta,[6] y dignos en mi concepto de ser quemados públicamente desde el primero hasta el último número que ha dado a luz su autor; denuncié uno de ellos a uno de los señores jueces de letras[7] de esta capital, por medio de un escrito en papel común, con aquella sinceridad y candor que me inspiró la buena fe.

            Me dijo que el tal escrito había de presentarle en papel con santos, como vulgarmente dicen en mi tierra, del sello tercero[8] o de parte, que todo es lo mismo; y que los ejemplares del impreso denunciado habían de ser dos en lugar de uno que le llevé; aunque esto no dejó de mosquearme alguna cosa, hice mis cuentas, vi que todo ello ascendía a cinco reales[9] y dije: vamos a hacer este pequeño sacrificio a mi adorada Constitución. En efecto, puse mi demanda con las circunstancias prescriptas en toda forma de derecho; pero cuando distante[10] estaba yo de creer que la torta me iba a costar un pan.[11] En fin, pasado trece días se me hizo saber en la casa de mi morada el auto de que, habiendo sido calificado por subversivo el citado impreso por la Junta Censoria[12] promoviese y pidiese etcétera, etcétera; mas yo, que ya tenía la corazonada de que me había metido en un berenjenal, contesté: que respecto a no incluir injuria contra mi persona, nada tenía que pedir como parte contra él ni su autor, y sólo suplicaba al juez se sirviese dar al expediente el giro que tuviese a bien en justicia, en vista de la calificación de la Junta de Censura; como quien dice, a otro perro con ese hueso.[13]

            En el acto, y luego que vio mi respuesta el curial que la extendió, me presentó una cuenta y recibo de catorce pesos[14] cuatro reales a que habían montado ya los derechos de mi malhadado expediente; y aunque por lo pronto eludí el golpe, diciéndole que en persona se los pasaría al juez el día siguiente, con el objeto de ver si podía conseguir alguna rebaja; y si bien no me engañé del todo, pues se me hizo la de diez reales, he tenido que roer el hueso exhibiendo trece pesos dos reales.

            Un sudor frío me cubre todavía cada vez que me lo recuerdo, y le aseguro a usted que en aquel primer acto hube de necesitar de toda mi natural robustez para superar a una especie de vahído o síncope de que me conocía acometido. ¿Catorce pesos y medio de multa, digámoslo así, a un pobre hombre que sabe Dios si los conoce? ¿Catorce pesos y medio por un paso escaso dado en un asunto en que no defendía otra cosa que el honor del gobierno? ¿Y qué hubiera sido de mí, si como soy hombre solo me hubiese casado ahora ocho o diez años, y me viese rodeado de hambrientos chiquillos? ¿Y qué si por un efecto de mis once ovejas siguiese la causa a mi costa hasta su conclusión? ¿No me habría conducido mi liberalismo a una miseria y perdición?

            Pero quitémonos de imprecaciones y quejas[15] inútiles, y supuesto que ya está usted impuesto, señor Pensador, en el motivo de mis cuitas y lamentos, veamos de remediarlos para lo sucesivo, evitando que otros sean como yo víctimas de su buena disposición y sentimientos; para lo cual cuento con las luces de usted y con las de los demás ilustrados escritores de esta capital; si bien en Dios y en mi conciencia debo excluir, como lo hago con todas las protestas legales, a los que en sus papeles usan muchos latines; pues después que yo no entiendo este idioma, se me ha puesto en la cabeza que son de aquellos que como siempre quieren formar nación aparte, y no los tengo por jueces muy ingenuos e imparciales en estas materias. Además que me ha dado en las narices que el autor del impreso que me ha motivado estos quebraderos de cabeza, es uno de sus reverencias que Dios lo premie de gloria. Todo se sabe a su tiempo.

            Estoy muy distante de criticar la conducta del juez en lo que llevo referido, y sentiría en mi corazón que hallase algún motivo de ofenderse, por cuanto estoy penetrado de su honradez, hombría de bien y demás cualidades apreciables que lo distinguen; y no quisiera tampoco desmentir mi proposición de que soy liberal por principios y convencimiento, por lo que entiendo el respeto que debo a las autoridades establecidas, aun cuando no me lo mandase e[l] artículo 7 de la Constitución:[16] por consiguiente solo me quejo de mi ignorancia o de la naturaleza de las mismas teorías que están sujetas o expuestas en la práctica a estos obstáculos o incoherencia; porque así es que ni en la Constitución, ni en el Reglamento de libertad de imprenta se nos explica el modo de producir nuestras quejas por los trámites judiciarios en el caso indicado, y en la terrible alternativa de sufrir con serenidad los insultos de los atrevidos, o hacer una erogación de gastos que tal vez no sufren las facultades, el medio es muy desesperado; y si bien por la imprenta podemos invitar a las autoridades el desempeño de sus funciones, también esto demanda gastos, pérdida de tiempo y mil compromisos, porque no todos o, por mejor decir, muy pocos saben desempeñar este ministerio con la dignidad que corresponde; y en fin si a estos pocos y muchos no les da la gana de hacerlo, no hay una razón para que quede sofocada la buena disposición de otros, por desconocer el término medio más sencillo y fácil. Así es que analizada mi consulta al público está reducida por las observaciones hechas a las preguntas siguientes. Cuando advertimos en algún papel público especies subversivas de las leyes fundamentales de la monarquía, licenciosas y contrarias a las buenas costumbres, y vemos por otra parte omisión en el letrado designado para su fiscalización, como por desgracia hemos observado hasta aquí con harto detrimento de la opinión pública, ¿ante qué jueces debemos instaurar nuestra demanda o queja contra ellos?, ¿en qué forma y términos?

            ¿Están obligados éstos a proceder a trámites por representación de cualquier ciudadano, aunque por sí no observen cosa disonante o contraria en los papeles denunciados?

            ¿Y en tal caso, debe proceder de oficio desde los principios en las causas?

            Bien conozco que en la práctica de esto mismo habría sus dificultades, pero del mal el menos. Ha sido muy escandalosa la omisión y tolerancia del fiscal en el desempeño de su encargo; y antes que tengamos que llorar con lágrimas de sangre las tremebundas consecuencias de semejante apatía e insensibilidad, es necesario consultar el remedio de los males en que nos debe envolver y nos amenazan. Nos hallamos infestados de papeles sediciosos y alarmantes, ¿y dónde están los castigos? ¡Salva y perecerás, Fernando!, decía el Amante de la Constitución[17] en Madrid; y ¡salva y perecerás, Apodaca!,[18] digo yo en México, tal vez con más motivo. El justo castigo de los malos es la más segura garantía de los buenos, y el premio de estos el camino que debe conducir a aquéllos a la virtud.


J. M. D. M.[19]

 
 


[1] México: Imprenta de don Mariano Ontiveros, 1820, 7 pp.

[2] Artículo 1 de la Constitución: “La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”; artículo 2 “La Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia o persona”; artículo 3 “La soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta, exclusivamente, el derecho de establecer sus leyes fundamentales”. Cf. Tena Ramírez, Leyes fundamentales..., p. 60.

[3] petardo. Engaño, estafa, petición de una cosa con el ánimo de no volverla.

[4] empecatado. Dícese de la persona a quien salen mal las cosas, como si estuviera alejada de la mano de Dios.

[5] Artículo 4 del Reglamento de libertad de imprenta. “Los libelos infamatorios, los escritos calumniosos, los subversivos de las leyes fundamentales de la Monarquía, los licenciosos y contrarios á la decencia pública y buenas costumbres, serán castigados con la pena de ley, y las que aquí se señalarán”. Cf. Hernández y Dávalos, Colección de documentos..., t. V, p. 66.

[6] Reglamento de libertad de imprenta. Cf. nota 31 a Respuesta del padre Soto... en este volumen.

[7] jueces de letras. Cf. nota 12 a El Irónico Hablador, en este volumen.

[8] El papel sellado comenzó a usarse en México el 1° de enero de 1640. por decreto del 6 de octubre de 1823 se organizó ramo; por ley de 4 de agosto de 1824 se otorgó a los Estados su administración, siguiendo las reglas que cada uno estableciera. El 6 de diciembre de 1810 Hidalgo emitió un decreto contra la esclavitud, las gabelas y el papel sellado. El punto tres dice: “Que en todos los negocios judiciales, documentos, escrituras y actuaciones, se haga uso del papel común quedando abolido el del sellado.” Cf. Ernesto de la Torre Villar, La independencia de México, México: Editorial MAPFRE, Fondo de Cultura Económica, 1994, p. 216.

[9] real. Cf. nota 23 a El Pensador Tapatío a sus Censores, en este volumen.

[10] destante en el original.

[11] la torta me iba a costar un pan. “Costar la torta un pan. Phrase con que se dá á entender, que algúna cosa que se ha conseguido ha sido á tan excesiva costa, que tendría mejor cuenta no haverla logrado. Quev. Cuent. Y le advierto, que sino calla, le ha de costar la torta un pan. Jacint. Pol. pl. 220/ Yo lo juro, que si á otros, les cuesta grandes desgracias/ la torta un pan, que Siringa/ le ha de costar una hogaza.” Dic. autoridades.

[12] Junta de Censura. Cf. nota 7 a El Teólogo Imparcial, número 3, en este volumen.

[13] a otro perro con ese hueso. Expresión con que se repele al que propone artificiosamente una cosa incómoda o desagradable, o cuenta algo que no debe creerse. Cf. Horacio López Suárez. La paremiología en la obra de José Joaquín Fernández de Lizardi, p. 32.

[14] peso. Cf. nota 13 a Todos pensamos..., en este volumen.

[15] quelas en el original.

[16] Artículo 7 de la Constitución. Cf. nota 10 a El Ignorante a El Pensador Mexicano, en este volumen.

[17] El Amante de la Constitución. Cf. nota 5 a El Teólogo Imparcial, número 2, en este volumen.

[18] Juan Ruiz de Apodaca. Cf. nota 5 a Verdadera prisión y trabajos del padre Lequerica, en este volumen.

[19] J. M. D. M. También autor de Borrones y verdades y cuenta con lo que se dice. Impugnación de algunas proposiciones del impreso número 1 titulado Reflexiones importantes al gobierno constitucional de América, por su autor el reflexivo J. V. G. México: Imprenta de Mariano de Zúñiga y Ontiveros, 1820. Combate a J. V. G. porque éste se oponía a que la libertad de industria se viera oscurecida con el estanco del tabaco, que el virrey Apodaca no remediaba.