CARBÓN EN ABUNDANCIA[1]

 

 

Son ya demasiado públicos los clamores del numeroso pueblo mexicano contra la peste asoladora de monopolistas carboneros que lo afligen,[2] para que el buen ciudadano deje de tomar una parte activa en tan interesante y recomendable negocio. Nunca ha entrado más carbón que ahora, y nunca se ha padecido carestía igual, de manera que en breve tendrán los pobres que desenvigar[3] sus accesorias para poner fuego en sus casas, mientras que los monopolistas, esas polillas del público, esos logreros detestables, aspirando a labrar su suerte nada menos que sobre las ruinas de sus semejantes, hacen desmedidos acopios de una cosa tan indispensable y tan de primera necesidad para la vida.

            ¿No es dura cosa que la clase inferior, que en todas materias es la piedra de toque, haya de verse precisada a emplear en carbón el real[4] que a costa de indecibles afanes consiguió para carne, cuando anteriormente con tlaco[5] o cuartilla[6] tenía sobrado para un puchero? Yo he visto a una recomendable y virtuosa señora con los ojos rasados en lágrimas, que no teniendo en la bolsa nada más que una cuartilla, y sin carbón para su brasero, lloraba amargamente porque no podía proveerse de este renglón necesarísimo, a causa de que los regatones[7] que lo han estancado para chupar la substancia del pobre, para arrancarle inhumanamente el pan de la boca, y sacar el fruto de su codicia, no quieren ya vender cortas cantidades. ¡Perversos, que véis con ojos serenos los males que aquejan a vuestros hermanos!, ¡temed los votos de un pueblo, que si no osa abrir sus labios para denunciar vuestras maldades, sabe elevar sus quejas desde el triste y húmedo rincón de su covacha hasta el trono del Eterno: temed, pues, temed que pesen sobre vuestras cabezas las iras del Cielo vengador!

            Las pasiones de los hombres tarde o temprano derogan las mejores leyes, y esto puntualmente ha sucedido en el día con los regatones. Salen ellos más allá de las garitas[8] y algunos hasta la Villa de Nuestra Señora de Guadalupe[9] y pueblo de los Remedios,[10] y abarcan cuanto carbón encuentran, tiranizando acaso a los desdichados indios,[11] los cuales ya por ceder a la fuerza, ya por ponerse a cubierto de las extorsiones que inevitablemente infiere cualquiera providencia contraída a restringir la justa libertad del vendedor, para expender en donde, y como quiera (pues creen que aún subsiste la que el regidor constitucional don Francisco Galicia tomó por una temporada, y que tal vez habría sido benéfica, si se hubiese podido llevar a efecto) se contentan con lo primero que les ofrecen, y los compradores vuelven con sus cargas a sus bodegas o almacenes, donde consuman la ruina del prójimo. Antes reventarían que vender un medio real[12] a la andrajosa anciana o al pobre convaleciente. No se vende por menor responden con altanería aquellos tiznados malditos, y  he aquí que el infeliz que, o por sus achaques, o por no dejar abandonada su casa, o bien por la distancia, no puede ocurrir a otra parte, al fin se ve obligado a prescindir de todo, y presentarse a los agentes subalternos del monopolio; quiero decir, a los regatones de regatones, de quienes forzosamente ha de ser sacrificado, a proporción que lo han sido ellos también de los primeros, que a buena fe no se deshacen de una carga, sin lucrar el cincuenta por cincuenta [sic], lo menos.

            Pero lo más deplorable ciertamente es no ya que el que antes gastaba dos en carbón tenga que gastar en el día cinco o seis, sino que los pobres hayan de afligirse más bien por el fuego que por la carne, y que ellos en razón de su miseria sean siempre el blanco de estas violencias. Los ricos, las gentes acomodadas pueden por sí, o por sus criados, salir a las garitas a proveerse de primera mano; pero la clase miserable del estado, los infelices que hasta las once del día consiguen un real para su familia, ¿qué recurso les queda sino el ser víctimas de la malicia y tiranía de los revendedores? ¡Vosotros, que abundáis en riquezas, que jamás habéis sentido los horrores del hambre, ni el tormento inexplicable de ver a vuestros hijos perecer de necesidad, ved estas escenas de dolor: acercaos a ellas, y ved si podéis quejaros de que un infeliz padre busque en el robo el funesto alivio de sus males, permita  a  su mujer la prostitución, críe y eduque para el mismo destino la más bella de sus hijas,  y  se entregue a la embriaguez, para sepultar entre los humos del vino y de la crápula el agudo sentimiento de su alma! Pero apartemos la vista, apartémosla de un cuadro que hace estremecer a la humanidad.

            No faltan, es cierto, leyes en nuestros códigos, dirigidas a reprimir la avaricia de aquellos malvados; pero por desgracia no se hacen efectivas sus saludables disposiciones, y pardiez que no la forma del gobierno, como dice un sabio político inglés, sino la pronta ejecución y exacta observancia de las leyes es la que hace felices a los pueblos. ¿De qué le aprovecha al de México que en el artículo 101 de las Ordenanzas de su fiel ejecutoria, aprobadas por el rey, se mande “que ninguna persona de cualquier estado, calidad o condición que sea, por sí o por interpósita persona, compre en las calzadas de esta Ciudad,[13] ni fuera de ella, ningún género de bastimentos, sino que los dejen entrar libremente en ella a venderlos por los que los traen, so pena por la primera vez de perdimiento de la mitad de sus bienes, siendo español y justificándole haber comprado para revender, y de dos años de servicio a su majestad en el Castillo de San Juan de Ulúa;[14] y no siéndolo, de doscientos azotes, y [h]erradoa como a ladrón de la república, y dos años de servicio en un obraje”,[15] si no se ve otra cosa en las calzadas y garitas que compradores y regatones, principalmente por San Cosme, en donde abundan como moscas?, ¿que en los artículos 102 y 103 se ordene al corregidor de esta Ciudad tenga particular cuidado de hacer que todas las ordenanzas y proveimientos que están hechas por el gobierno, para que ninguna persona salga a las calzadas a comprar y tomar fruta, bastimentos, aves, huevos, leña y carbón; las ejecute irremisiblemente con las penas establecidas en ellas, excusando toda regatonería, si se repiten las más descaradas transgresiones, sin que haya memoria del castigo ejemplar de un solo delincuente?, ¿que los artículos 104 y 106 prevengan que ningún ministro o criado de corregidor o regidores quite por fuerza a los indios los bastimentos que trajeren para provisión, concediéndoseles franca licencia para que los vendan por sí, junto, o menudeado, como les pareciere, porque los intrusos los encarecen..., y porque es justo que los indios tengan amparo y defensa, para que puedan vender lo que traen, sin molestia, cuando no una, sino mil veces se ha visto que militares,b y no militares atropellan de obra y de palabra a los pobres trajinantes, obligándolos a que lleven el carbón aquí o acullá, a pretexto de que es para el cuartel, para el señor conde N..., o para casa de don zutano, siendo tal vez para un bribón monopolista que, valido de la insolencia y descaro de un soldado, que deponiendo los sentimientos de honor, de moderación, de religión y probidad que deben caracterizar al militar, sorprendió el candor y la pusilanimidad del vendedor?, ¿cuando entre los subalternos del resguardo, que por propio ministerio parece que debían ser unos vigilantes atalayas de la policía de víveres, hay algunos que, haciendo un criminal y escandaloso abuso del oficio que no se les concedió para la depredación y el pillaje, son los primeros y más principales contraventores...? Hablo por los dueños de esos grandes almacenes y repuestos de carbón del Puente de Fierro[16] y Puesto Nuevo,[17] cuyos nombres y señas individuales, así como las de otros muchos, me reservo descubrir al superior gobierno si no corrigiesen su desenfrenada codicia.

            En conclusión: mientras no se entere a todos los conductores de comestibles y demás efectos necesarios para la vida la justa libertad en que se hallan para vender de garitas adentro, a quien quisieren y como quisieren, pues nadie tiene derecho a ser preferido en esa clase de vendimias, desde el más ínfimo hasta el más alto ciudadano, mientras no se pongan en toda su fuerza las leyes protectoras de la propiedad individual, consultándose igualmente al vendedor y al consumidor, mientras no se ejecuten inexorablemente las penas contra la regatonería y monopolio, que en ninguna buena administración de justicia deben tolerarse, como decía el inmortal Campomanes,[18] haciendo extensivo a cualquiera delincuente el imperio severo de la ley, pues que delante de ella todos los hombres deben ser iguales, jamás lograremos abrir las fuentes de la abundancia y baratura en los precios de las cosas.

 

México, 29 de octubre de 1813.


El Amigo de los Hombres

 

 



[1] Sin pie de imprenta. 4 pp.

[2] Este folleto retoma el tema del monopolio del pan, el maíz y el carbón que Fernández de Lizardi trató en El Pensador Mexicano, t. I, núms. 8, 12 y 13. Cf. Obras III- Periódicos, pp. 77 y 114, 118; y en La voz del pueblo, Erre que erre, suplementos al t. I., ibidem, pp. 127-131; en el t. II, núm. 6 y en el suplemento Juanillo y el tío Toribio al mismo tomo del lunes 8 nov. 1813, ibidem, pp. 183-189 y 331-345, respectivamente, Fernández de Lizardi en este último propone que no sean los hacendatarios los que vendan el carbón, sino que se expenda públicamente en las plazas donde la gente podía enterarse del precio. “He aquí una tranca que no pod[r]ía saltar el más ligero monopolista, una providencia por la que no pod[r]ía alegar el más mínimo prejuicio”. Ibidem, p. 336. También propone dispersar los carboneros en diferentes plazas; que no se prefijara “precio alguno a los indios vendedores de carbón, sino dejarlos vender a como quisieran, pues a los introductores infelices no es política casarle sus efectos (esto se debe quedar para los lobos gordos) La libertad en el vender aumenta la introducción del efecto, y esta, mientras es mayor, minora la escasez y baja los precios” También lo abordó en su folleto Prevención de El Pensador. El virrey Calleja tomó en cuenta las demandas lizardianas de permitir que los productores enviaran directamente el pan y el maíz a los consumidores. Cf. Obras X- Folletos, pp. 59-162.

[3] desenvigar. Quitar las vigas en que se asentaban las construcciones.

[4] real. Doce centavos y medio.

[5] tlaco. Voz azteca que significa medio o mitad. Era la octava parte de un real aún en las monedas circulantes de 1824.

[6] cuartilla. Valía la cuarta parte de un real fuerte, o sea tres un octavo centavos de peso.

[7] regatones. Nombre que se daba a los revendedores o intermediarios.

[8] garitas. Cf. nota 31 a Consejos a El Pensador, en este volumen.

[9] Villa de Nuestra Señora de Guadalupe. Basílica al pie del cerro del Tepeyac. Fue construida en el sitio donde existió un templo azteca dedicado a Tonantzin, madre de los dioses. El templo fue erigido en colegiata en marzo de 1749 por bula de Benedicto XVI; se concluyó en 1790, erigida en basílica en 1894.

[10] Pueblo de los Remedios en el antiguo cerro de los Pájaros. Ahora se alza allí su santuario. Por petición del regidor García de Albornoz, el Ayuntamiento de México acordó levantar una capilla a la virgen de los Remedios el 30 de abril de 1574 que se terminó en agosto de 1575. En 1628 se le agregaron bóvedas y cúpulas. La imagen de los Remedios fue muy venerada en la época virreinal y se traía a la Catedral en las grandes calamidades públicas.

[11] El oficio de carbonero lo ejercían los indios que vivían en las proximidades de la ciudad de México. En el diálogo entre Juanillo y el Tío Toribio en El Pensador Mexicano Fernández de Lizardi habla del monopolio de carbón acaparado por los bodegueros. En la época colonial entraba el carbón por las garitas, procedentes de haciendas y pueblos indios circunvecinos. Sobre la venta Fernández de Lizardi escribe: “no debería prefijárseles precio alguno a los indios vendedores de carbón, sino dejarlos vender a como quisieran, pues a los introductores infelices no es política tasarles sus efectos ¿Esto se debe quedar para los lobos gordos? La libertad en el vender aumenta la introducción del efecto, y ésta, mientras es mayor, minora la escasez y baja los precios”. Cf. Obras III-Periódicos, p. 336. El 29 de octubre de 1813 el cabildo de la ciudad ordenó la confiscación de las reservas acumuladas por los detallistas; en noviembre, se dispuso que todo el carbón fuera interceptado en las garitas y enviado a cinco mercados especiales para venderse bajo vigilancia municipal. Este decreto estuvo en vigor hasta enero de 1814, cuando se regularizó el abasto.

[12] medio real. Cf. nota 21 a Aplaudo el mérito..., en este volumen.

[13] Eran calzadas de la ciudad la de San Cosme, la de Campo Florido, la de Iztapalapa y la de Tacuba (antes Tlacopan).

[14] San Juan de Ulúa. El castillo de San Juan de Ulúa, situado en un islote a la entrada del puerto de Veracruz, es una fortaleza que sirvió como cárcel. Después de la Independencia quedó en poder español de manera que se impedía el comercio y la navegación en tan importante puerto. En 1825, el presidente Guadalupe Victoria emprendió la recuperación del castillo, cuya capitulación se celebró el 18 de noviembre de ese mismo año.

a Su majestad [Fernando VII] revocó en cuanto a esto la pena y la confirmó en lo demás.

[15] obraje. Embriones de fábrica donde se padecieron condiciones de trabajo parecidas a la esclavitud, como se ve en esta ordenanza.

b Es liberalísimo en esta parte y digno de tenerse presente el artículo 9 de los que mandó publicar por Bando el excelentísimo señor virrey [Cf. nota 10 a Comunicación de don Félix María Calleja..., en este volumen] con fecha 24 del corriente. He aquí sus palabras: “Todo ranchero o cualquiera soldado o cabo, que ocurriendo a los mercados a proveerse usare de violencia con los vivanderos, arrebatando por fuerza las verduras, frutas o comestibles, o alzándose con ellos a menos precio del que se les exija por sus dueños, los que salten y se introduzcan en las canoas de la Acequia [hoy calle de Corregidora] para cometer dichos excesos y los que salgan a los caminos o entradas de la ciudad a embargar de motu propio carbón, paja o víveres de cualquiera especie, sufrirán por la primera vez un mes de grillete en la limpieza de cuartel, doble por la segunda, anotándose en su filiación, para que a la tercera sea destinado a presidio, con arreglo a la real orden citada de 21 de octubre de [17]79, no verificándose robo o maltrato de gravedad, pues en este caso será juzgado conforme a ordenanza.”

[16] Puente de Fierro. 6a. calle de Jesús María.

[17] Puesto Nuevo. Hoy la octava calle de Mesones de poniente a oriente. Seguía a la calle de san José de Gracia. “En la esquina que forman esta calle y el callejón de Puesto Nuevo, había a fines del siglo XVI unas casas de adobes, pequeñas é irregulares de dos dueños: las del uno tenían vista al callejón y adjunto un solar hacia la calle principal; las del otro daban hacia ésta. En el curso del siglo siguiente se consolidó el dominio de ambas en una sola persona; pasando por diversas manos, llegaron á las de D. Tomás Vello, el cual, por testamento otorgado a ocho de Mayo de 1709 las dejó á su hija natural Doña Antonia Vello, y al entrar en posesión de su herencia, todavía se identificó la casa llamando la calle con uno de los nombres arriba dichos. Fue Doña Antonia casada con don Tomás Delgadillo, y en tiempo de estos recibió la casa mejoras consistentes en aderezar la vivienda que daba al callejón, cuya cocina estuvo en la esquina, y en establecer al lado de la calle un puesto nuevo de pulquería. Murió Delgadillo y después su mujer dejando estas casas y otros bienes en herencia al Br. D. Diego de Santillán. Este, en 1736 pidió licencia al Juzgado de Provincia para la formación de inventarios, a precio y adjudicación de los bienes mortuorios, y en este escrito se encuentra mencionado por primera vez el puesto nuevo de pulquería en ‘una sala grande en donde están vendiendo; otra sala que sirve de bodega, en donde están las tinas del pulque y toda la fábrica es de buena mampostería, sus techos de viga de á siete, su azotea enladrillada.’

“La muerte de D. Diego Santillán paralizó el curso del negocio por largo tiempo, mas proseguido por sus herederos y sucesores, hubieron de sacarse a pregón el sitio, el puesto y la casa, y fincó el remate por la suma de $2,600 en D. Manuel Rodriguez Saenz de Pedroso, caballero profeso de la orden de Santiago, conde de San Bartolomé de Jala, y capitán de granaderos, en cuya familia se conservó hasta el ocho de junio de 1748, hasta nuestros días, en que pasó a otra distinta.” Cf. José María Marroqui, La ciudad de México, t. III, pp. 637-638.

[18] Pedro Rodríguez, conde de Campomanes (1723-1803). Político, escritor y economista español. Fue presidente de la Academia de Historia y del Consejo de Indias. Fundador de la Sociedad Económica de Amigos del País, autor, entre otros del Discurso sobre el fomento de la industria popular, Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento y de juicio imparcial.