ARQUITECTO: Qué bien dice, amigo, aquel refrán que tras de la cruz está el diablo;[1] mas, no obstante, a mí me basta para que quede en pie mi argumento, considerarlo criado, si no nacido entre los terrones y majadas de las huertas de Tepo[t]zotlán, porque ya sabe usted que las primeras impresiones que se reciben dificílmente se desarraigan, y que así, sus ideas han de ser rústicas y campesinas: yo he de insistir en negar sea de México, fiado en que es difícil desengañar a todos con su fe de bautismo;[2] de ese modo dejo en opinión su origen y le quito a mi patria la deshonra de haber tenido un escritor tan chocarrero, y allá se las hayan los batuecos y trapisondos[3] si quisieren andar en competencia de haberle dado la cuna razonable que dice tuvo, seco y sin llover, nuestro hidalgo Pensador, caballero de la Triste Figura, duque de Híjar, marqués del Corral, etcétera, etcétera, etcétera. Y siga usted espumando,[4] señor secretario.

PETIMETRE: Aquí, señor, como si nuevamente entrara El Pensador en la materia de su asunto, después (como supongo) de haber enderezado el cuerpo y haberlo acomodado lo mejor que pudo sobre la silla, habiendo paseado una de sus manos por la barba, en ademán de reconciliación, y de medir de alto a bajo su anchura, tomaría un polvo,[5] se estregaría las manos, dirigiría algunas torvas miradas por todas partes y, demostrando alguna inquietud interior, empezó a querer satisfacer a la siguiente pregunta de usted. ¿Quién le ha dicho al señor Pensador sea capaz por sólo su gusto de discernir entre la trabazón de las piedras para la fortaleza de un edificio, y los adornos, medidas o módulos (que llama erradamente modales) correspondientes a las diversas órdenes de la arquitectura?[6] A las que contesta diciendo que la razón[7] es la que faculta a todo el mundo para juzgar bien o mal de las cosas, que ella es la que sin ser zapatero le hace conocer si el zapato está feo; sin ser pastelero, que el pastel está crudo, y sin saber hacer chirimoyas[8] cuál está dulce o aceda, y que la misma razón le ha hecho decir que la Catedral es un templo obscuro e incurioso, nuestros paseos punto menos que corrales de vacas y, finalmente, que nuestra policía está abandonada y perdida; y ésta es la que me hace decir que tiene una cabeza de calabaza.[9] Añade después que para distinguir lo bueno de lo malo basta el recto juicio fundado en el ascenso común,[10] negándole a usted el conocimiento de estas metafísicas.

ARQUITECTO: Suspenda usted un poco, señor secretario, que quiero ahora hacerle ver a El Pensador que no es más que un físico y un patarato,[11] y que entiende tanto de metafísicas como de lógica y de ética. Éste, mi señor, por las calificaciones groseras y puramente sensibles de las chirimoyas y pasteles, para las que basta su sola animalidad, se quiere meter a calificar la Catedral y toda clase de obras, no siendo bastante aun para calificaciones de aquella especie un paladar grosero y poco delicado. ¿Cuántas veces vemos a los mejores aforadores[12] andar perplejos y opuestos entre sí para decidirse sobre algunas especies de licores; y ahora de buenas a primeras hemos de dar por suficiente a El Pensador para tachar una obra maestra y delicada digna de su autorc por sólo decirnos que para ello basta la razón? Pues sépase el catedralero que uno de los que mejor han escrito en materia de gusto, que es el erudito Blair, dice en su tomo I, lección 2, página 24 que “el ejercicio es la fuente principal de donde se deriva la mejora de nuestras facultades”, y más adelante, que “se realza el gusto por el ejercicio frecuente y la atención prolija a sus objetos”, y lo mismo repite en otras partes.[13]

PETIMETRE: Advierta usted señor que, después, corrigiendo su plana, nos dijo que bastaba el recto juicio fundado en el ascenso común, y ya ve usted que no es mal pilón[14] el que ha añadido.

ARQUITECTO: Y ¿quién nos ha asegurado de la rectitud de su juicio, ni menos de que le hayan prestado el ascenso común para lo que dice de la Catedral? ¿Hemos de estar a sólo su palabra? Por no estar a la mía llamé yo en mi apoyo, siendo el asunto un poco traqueado[15] y particular, a Alcedo[16] y Moreri,[17] no creyendo bastante el que ningún escritor haya hablado mal de ella; pero él ¿qué autor nos ha citado para llamarla incuriosa y obra de cargazón?

PETIMETRE: Vea usted, señor (y no crea que lo hago por ser su abogado), que dice más abajo, como después veremos, que Alcedo y Moreri dijeron eso en tiempo de las redecillas y cabriolés.[18]

ARQUITECTO: Buena fuera esa reflexión cuando no se hubieran visto en aquel tiempo la misma clase de obras que hoy están en uso, y si no ¿qué ha respondido a lo que dije de los ningunos adelantos que se advierten en la arquitectura, por la perfección a que llegó con anticipación por la duración de los edificios, y por lo costoso de sus variaciones? Nada, absolutamente, y yo creo que lo mismo ha de acontecer en lo demás que vaya usted diciendo.

PETIMETRE: Responde, señor, en el siguiente párrafo a lo que usted le opuso de que la Catedral se ha visto alabada por muchos extranjeros e inteligentes, que se lo pruebe usted porque usted no cita más que a Alcedo y Moreri.

ARQUITECTO: Aunque sólo cito dos, él no cita ninguno, como dije antes, y ellos me bastan para que, sin salir de mi reflexión, le haga ver el desempeño de mi palabra. Nadie ignora el mérito del gran diccionario de Moreri, y que en el caso no hablo como testigo ocular, ¿y podremos creer haya procedido tan de ligero en lo que dice a mi favor, que no se haya remitido a muchos y buenos informes?, y aunque hayan sido pocos, ésta es una prueba de congruencia de que puedo acreditarlo con muchos testimonios públicos, o privados, como más interesado en las glorias de mi patria, y pase usted adelante.

PETIMETRE: Sigue después diciendo que Alcedo y Moreri la verían en mapas o en relación: como si hombres tan cultos se dejasen llevar de lo relamido y accidental de las obras; y aquí entra lo de las redecillas y cabriolés que divisé antes de paso, como dije.

ARQUITECTO: Ya queda eso satisfecho en su lugar.

PETIMETRE: Luego nos sale con que es cierto no ser fácil andar reedificando nuevas catedrales, pero que él quisiera se abrieran tres ventanas sobre las puertas principales de Catedral,[19] en lugar de los cuadros de relieve que tiene; que quisiera se quitara la leñazón del Altar de los Reyes y del Perdón[20] (de quien no había dicho nada antes), substituyendo unos sencillos y alegres; que quisiera que se renovaran las molduras del coro, poniéndose unos festones graciosos; que quisiera que toda la Catedral se blanqueara,[21] como lo está Jesús María[22] (creo que este señor para en monja de allá, por la afición que ya en otro lugar ha mostrado tiene a su templo), dorando los filetes de sus molduras; que quisiera que a las capillas se les hicieran unas grandes ventanas;[23] que quisiera que las columnas se circunvalasen con balaustradas de fierro, para que no arrimándose a ellas las gentes no se ensuciaran y enmugreciesen.[24]

ARQUITECTO: ¿A dónde vamos, hombre, con mil diablos con tantos quereres? ¡Cáspita en El Pensador, que tiene más antojitos que una preñada, y pide más que un fiscal! Componga allá sus quereres con el Cabildo,[25] o córrale traslado de ellos, que si no tuviere dinero para tanto, él lo podrá proporcionar, seguro de que corresponderán a su grande generosidad con ponerle de patrón de piedra tan pesada, como él, pero de jaspe, con algunos golpes de plata, que estaría mejor se los diesen en su propia persona, poniéndole uno en cada ojo para cubrir su fealdad; otro en el cogote o en el cerebro por donde piensa tan delgado; y los otros, me importa poco que sean aquí o allí, pero la tal estatua debía situarse en lugar muy visible, verbigracia dentro de la gran lámpara,[26] teniendo en sus manos el mechero, o en una jaula, o en la pila principal de la agua bendita; pero será lo mejor dejar esto a su disposición, bien que siempre convendrá acompañarle en el lugar que elija la siguiente u otra cualquiera inscripción: “Para memoria y honor de una piedra sin ejemplo, se colocó en este templo la estatua de El Pensador”, y acabe usted de referirnos sus últimos quereres, señor relator.

PETIMETRE: Señor, ya falta poquiti[t]ito: tenga usted una poca de paciencia, y escarmiente para no meterse de nuevo con él. Pues, señor mío y de mi alma, como iba yo diciendo, dice que quisiera que el ciprés fuera todo de mármol, plata y oro, sin una astilla,[27] quizá para que acabaran ahora por el valor de estos metales, con los insurgentes, y entonces abur del ciprés, abur de su plata, abur de su oro, y ésta es la única estación, el último antojito, y en descanso esté su alma: de todo concluye con que está indecente la Catedral, y que usted ha hablado sin fundamento.

ARQUITECTO: Yo, valiéndome de la misma prueba, puesto que en mejoras y quereres no me ha de aventajar, voy a hacerle ver que si en las mejoras que puede recibir una magnífica obra, se ha de fundar su reprobación, dando yo quereres mejoras superiores a las suyas, deberán ser las que ha dictado reprobadas. Vamos, pues, querereando, señor secretario.

                            Primeramente, hablando por mayor y en resumen, yo quisiera que la Catedral estuviera como la Jerusalén celestial, según la describe San Juan en el capítulo 21 de su Apocalipsis:[28] quisiera que tuviera un muro alto con doce puertas, y en ellas doce ángeles vivos (me parece no se pierde el respeto por esto a la sagrada Sión ni a la Santa Escritura, pues bien doy a entender que esta santa ciudad debe quedar particularizada del modo que refiere el Evangelista como digna estancia de Dios y de los bienaventurados: esto se dice para quitar escrúpulos. Con este aviso queda más en su lugar la debida consideración a cosa tan santa). Quisiera tuviera cuatro puertas una por cada viento; quisiera que el gran muro de ella tuviese doce fundamentos, o como interpreta un expositor, los doce apóstoles, vivos también como los ángeles de que hablamos antes con sus nombres escritos abajo; quisiera que dicho templo fuese cuadrado, tan largo como ancho, y que su longura, su altura y su anchura fuesen iguales; quisiera que su muro tuviera ciento cuarenta y cuatro codos de medida de hombre; quisiera que su material fuese de piedra jaspe, y el templo de oro puro, semejante a un vidrio limpio; quisiera que todos los fundamentos de su muro estuviesen adornados de todas piedras preciosas: y que las doce puertas fuesen doce margaritas, una en cada una, y que cada puerta fuese de una margarita; y finalmente quisiera que dicho templo no hubiese menester sol ni luna para que alumbrasen en él, sino que gozase de perpetua claridad. Vea usted, señor secretario, si le he empatado sus quereres; pero con esta diferencia, que él no puede hablar mal de los míos, y yo sí de los suyos. Por ahora me sujetaré a reprobar uno que otro de ellos por no alargarme (paréceme que todavía estoy oyendo el retintín de sus quereres), y dígame El Pensador, ¿por qué han de estar cercadas con balaustres las bases de las columnas,[29] y no todo el recinto interior, mediando el mismo motivo, aunque no se diese lugar a los fieles? ¿No le basta ver que las pobres sufren todo el peso de las columnas, y el de las anchas bóvedas, sino que también las ha de poner sin comunicación? Pregunto más, ¿por qué las columnas del frontispicio y sus agregados, que deben contemplarse disposición de un tabernáculo, se han de consagrar a las ventanas como si fueran santas vírgenes o no vírgenes, y se han de quitar a los santos que tiene, que sirven como de carátula para indicar la dedicación de la iglesia, y no atenerse a inscripciones que de letra regular se perdieran, y siendo notablemente grande[s] afearan el frontispicio? ¿No sabe lo que Bails y otros arquitectos disponen sobre el especial adorno y hermosura de las fachadas de las catedrales?[30] ¿No considera que, aunque las ventanas fueran de la mejor disposición y utilidad, ellas se presentan a la vista exterior como huecos vacíos y obscuros, que no pueden contribuir a la hermosura, y que, por consiguiente, deben situarse en lugares menos principales? Pero hablemos del Altar de los Reyes, ¿por qué se ha de desechar éste, no habiendo dado razón convincente para ello, ni satisfecho a las que yo le expuse? Sería nunca acabar si me fuese explicando tan por menor, y, por tanto, pase usted adelante, señor secretario.

PETIMETRE: Hablando ahora del tercer apoyo de usted, que es el que sus primeros costos llegaron a un millón, ciento cincuenta y dos mil pesos,[31] dice que qué tenemos con que hubiera costado cuatro millones cuando hay obras notoriamente malas, de mucho costo, y que en aquel entonces había mucho dinero en Indias, y costaban las obras un duplo, ¡buen disparate! y añade que la elipse de la estatua ecuestre que mejor parece en los mapas, costó mucho y no sirve de nada.[32]

ARQUITECTO: Yo no he tratado de si sirven o no ciertas obras de arquitectura: sólo he hablado del mérito intrínseco de una que es la Catedral; y digo que el gran costo de una obra, es muy cierto, no es una prueba total de su bondad; pero sí de congruencia, y parcial,[33] porque coopera a sostener otras con más firmeza; y éstas son las que yo he añadido a esta misma, pues claro está que Catedral que haya costado tres mil pesos no puede ser sino una ermita.



[1] tras de la cruz está el diablo. Variante de “la cruz en los pechos y el diablo en los hechos”. “Refrán que reprehende á los hipócritas que en el exterior fingen humildad, usando de acciones y palabras mui blandas y compuestas; y en lo interior son perversos y abominables.” Dic.  autoridades.

[2] Efectivamente, en la fe de bautismo de Fernández de Lizardi se lee que los padres de “Joseph Joachim Eugenio” fueron: Bárbara Gutiérrez Malpartida y Manuel Fernández Lizardi, y que se le registró en la parroquia de la Soledad y la Santa Cruz.

[3] batuecos y trapisondos. Estar uno en las Batuecas significa estar en babia; trapisondas son embrollos. Debía ser una expresión más o menos común porque en 1832, Mariano José de Larra publicó Carta a Andrés. Escrita desde las Batuecas por el Pobrecito Hablador. Y Carta segunda escrita a Andrés por el mismo bachiller, en ambas trata de lo poco que se escribe y lee en Batuecas (España) y sobre la mal entendida costumbre de no hablar, confundiendo la prudencia con la falta de argumentos. Cf. Mariano José de Larra, Vuelva usted mañana y otros artículos, pp. 19-38.

[4] espumando. Espumar: arrojar saliva por la boca; espumarajos o espumajos es “la saliva que arrojan los hombres y los brutos quando estan encendidos y coléricos”. Dic. autoridades.

[5] tomar un polvo. Tomar rapé. “Se entiende por una tomadura de tabaco. Dícese asi, porque el tabaco está reducido a polvo.” Dic. autoridades. Fernández de Lizardi en Don Catrín de la Fachenda usa esta frase como equivalente de hacer una pausa, reflexionar un momento. Cf. Obras VII- Novelas, p. 556.

[6] El autor del Auto de Inquisición... repite aquí con burla para Fernández de Lizardi lo dicho en el Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17..., véase el texto en este volumen. Además, este dato nos confirma a Francisco Palacios (Quidam) como autor de este Auto...

[7] Cf. nota 10 a Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17..., en este volumen.

[8] chirimoyas. Chirimoya. Del quichua chiri, frío, y muyu, simiente, cosa redonda; o mota, fruta. Fruto del chirimoyo. Es una fruta verde, rugosa, de pulpa blanca y pepitas negras, de agradable sabor; semejante a la anona, pero más dulce y empalagosa. Santamaría, Dic. mej.

[9] cabeza de calabaza. “Cabeza de pollo, de chorlito, de grillo, etcétera. Phrase familiar. [Así se le llama al] que tiene poco juicio, y permanece poco en lo que dice, hace u ofrece.” Dic. autoridades.

[10] ascenso común. Por sensus communis, según lo definían los estoicos: obrar según un juicio dirigido al bien común.

[11] patarato. O pataratero: el que usa pataratas, demostración afectada y ridícula en la conversación. Santamaría, Dic. mej.

[12] aforadores. Los que reconocen y valúan los géneros y mercancías para el pago de derechos.

c Lo que fue, según se infiere en un cuaderno impreso en México, en casa de Francisco Rodríguez Lupercio el año de 1668, que trata la dedicación de esta segunda Metropolitana Catedral, el célebre, según se lee Alonso Pérez de Castañeda que mereció se prefiriese la planta que de ella había formado, respecto de otra que trazó Juan Gómez de Mora por orden de Felipe III, de quien era arquitecto.

En un Diario de México del 24 de nov. de 1807, en boca de un francés, se recomiendan los paseos de esta Ciudad, y se lee que aquel artífice fue discípulo del que dirigió El Escorial.

[13] Hugo Blair es autor de Lecciones sobre la retórica de las bellas letras, obra traducida por Boileau. En 1782 se publicó en Inglaterra, un tratado sobre el gusto o un  sentimiento común. Al ser cultivado es capaz de generar el  valor de las obras de Homero, cuyo genio inventivo creó nueva “belleza.” La preparación es necesaria, aunque las obras de arte son inventivas, obras del genio inventor.

[14] pilón. Lo que el vendedor le da por añadidura a su cliente, de la mercancía que éste adquiere. Santamaría. Dic. mej.

[15] traqueado. Por traqueteado.

[16] Antonio Alcedo. Cf. nota 17 a Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17..., en este volumen.

[17] Luis Moreri. Cf. nota 18 a Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17..., en este volumen. En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde a la afirmación de Quidam de que la Catedral había sido alabada por extranjeros: “Pruébelo usted primero, porque no lo hemos de creer sobre su palabra. Usted no cita más de dos: Alcedo y Moreri; pero éstos hacen poca fe, porque no la vieron sino acaso en mapas o en relación, y esto va a decir tanto como de lo vivo a lo pintado.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 487.

[18] redecillas y cabriolés. Cf. nota 15 a Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17..., en este volumen.

[19] En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi escribe: “lo que quisiera fuera que se abrieran tres hermosas ventanas sobres sus tres puertas principales, en lugar de aquellos cuadros feos que tiene de relieve.” Cf. Obras III- Periódicos, p. 487.

[20] En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi dice: “quisiera que se quitara la leñazón de los altares de los Reyes y del Perdón, sustituyéndose unos sencillos y alegres como tantos que hay.” Idem.

[21] En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi dice: “quisiera que toda la Catedral se pintara de un blanco al modo de la iglesia de Jesús María, dorados los filetes de su moldura”. Idem.

[22] Jesús María. Obra de Manuel Tolsá. Construida en la calle de Jesús María entre Corregidora y Soledad.

[23] En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi continúa: “que las proporcionaran claridad para que la comunicaran a lo principal del templo”. Cf. Obras III-Periódicos, p. 487.

[24] En el Suplemento de 17 ene. 1814 Fernández de Lizardi escribe: “para que, no pudiendo arrimarse a ellas, no las pusieran como pilares de pulquería, según están hoy de sucias y mugrientas” Idem.

[25] Cabildo eclesiástico. Cf. nota 30 a Consejos a El Pensador, en este volumen.

[26] gran lámpara de Catedral. En medio de la portada central resalta una linternilla, obra de Manuel Tolsá.

[27] En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi escribe: “quisiera que el Ciprés o altar principal estuviera todo de mármol, plata, y oro sin una astilla de leña”. Cf. Obras III- Periódicos, p. 487.

[28] Juan, Ap., 21:12, 14, 16-18, 21, 23, 25.

[29] Cf. nota 66 de este folleto.

[30] Benito Bails (1730-1797). Matemático, traductor y preceptista español, nació en San Adrián de Besós (Barcelona), y murió en Madrid. Parte de su obra se publicó en el Diario de México entre 1805 y 1811. Fue autor de: De la arquitectura civil, Principios de matemáticas de la Real Academia de San Fernando (1799), Elementos de matemática (177?), Principios de arismética (publicado por Ignacio Cumplido en 1839), Tabla de logaritmos de todos los números naturales desde el uno hasta veinte mil; y de los logaritmos de los senos, tangentes, de todos los grados y minutos del quadrante de círculo (1787). Además tradujo: Tratado de la conservación de la salud de los pueblos, y consideraciones sobre los terremotos, de Antonio Núñez Riveiro Sánchez (1781), Lecciones de clave y principios de armonía (1775), Principios de matemáticas, donde se enseña la especulativa con su aplicación a la dinámica, hidrodinámica, óptica, astronomía, geografía, genomócica, arquitectura, perspectiva y al calendario (3 volúmenes, 1776) Instituciones de Geometría práctica 1795.

[31] Los primeros costos de la Catedral fueron de $1, 152, 000, según Quidam. Cf. nota 16 a Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17..., en este volumen.

[32] Cf. nota 16 a Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17..., en este volumen. La estatua ecuestre aludida es obra de Manuel Tolsá; considerada como una de las mejores estatuas ecuestres del mundo, representa a Carlos IV como un emperador romano, pisando su caballo un escudo indígena. El pueblo lo llamó “El caballito de Troya”. El 9 de diciembre de 1803, siendo virrey Iturrigaray, fue instalada en la Plaza de Armas, actualmente conocida como Plaza de la Constitución o Zócalo. En 1822 se le relegó en el patio de la Universidad. En 1852 fue trasladada al Paseo Nuevo o Paseo de Bucareli, en donde permaneció hasta hace pocos años. Actualmente se encuentra frente al Palacio de Minería, obra también de Tolsá, en el centro de una plaza que lleva su nombre.

[33] En el Suplemento de 12 feb. 1814, Fernández de Lizardi responde: “¡distinción peripatética! [...] eso fue lo que dije en mi suplemento que, ‘la profusión de los costos no puede probar jamás bondad ni delicadeza en las obras, [...] el excesivo costo no probará delicadeza ni bondad parcialmente.” Cf. Obras III- Periódicos, p. 515.