AL QUE LE VENGA EL SACO QUE SE LO PONGA.

CARTA A EL PENSADOR MEXICANOa[1]

 

Por varios rumbos, y distintos modos,

que se cumpla la ley, queremos todos.[2]

 

 

Señor Pensador Mexicano: llegó el momento en que autorizados por nuestro sagrado Código, podemos libremente manifestar nuestras intenciones, y hacer perceptibles a nuestros conciudadanos los patrióticos deseos que nos animan a escribir, ya instruyendo al pueblo en sus derechos, para que los reclame en justicia, ya reclamando la puntual observancia de la Constitución.[3] Ya, finalmente, declamando contra el despotismo (a todo pesar de los malvados hipócritas, que siempre han procurado deslucir el concepto de los buenos, vulnerando su conducta, y obscureciendo la verdad, para alucinar a los más benéficos gobiernos).b

Animado, pues, de este derecho, y poseído del más sagrado amor a la patria, tomó la pluma el noble americano don Rafael Dávila[4] para manifestarnos sus deseos, y señalar con el dedo a los señores diputados de esta Nueva España los votos de la oprimida América: escribió, en efecto, y vimos que Las verdades amargan pero es preciso decirlas.[5] Éste fue el título de su segundo papel, en el que nos dijo muchas verdades, aunque desnudas del aparente brillo con que suelen algunos adornarlas para hacerlas por este medio menos fastidiosas a los perversos. Escribió, digo, lo que en el fondo de su corazón sentía, y, sólo aspirando al bien de la patria, expuso su persona y arriesgó su existencia; estampó su nombre y dijo su casa, convencido de la justicia de sus intenciones. Y decidido a sacrificar su vida en obsequio de la patria, declamó contra los tiranos (nótese esto contra los tiranos) y en la nota 9, dice a letra, hablando al excelentísimo señor:[6] “pero sepa que quien me obliga a hablar no es el odio, que de ningún modo puedo tener a vuestra excelencia, sino el amor a mi patria, y el deseo de que sus buenas intenciones tengan el debido efecto”.[7] No dirigió su pluma con mordacidad al excelentísimo señor, ni menos quiso denigrar su conducta, pues claramente dice en la página 5 “Hablamos con los que procuran retardarnos nuestra felicidad, con los infractores de la ley, con los que odian la Constitución por fines particulares, con los que se complacen en las miserias de sus semejantes, con los que sienten apartarse del despotismo, porque ya no pueden tratar como esclavos a los que son sus iguales, con éstos hablamos, si vuestra excelencia es uno de ellos, con vuestra excelencia hablamos”.[8]

   Sí, amigo Pensador, con estas ingenuas expresiones habla nuestro conciudadano, y por sólo esta causa es aprehendido, y llevado al cuartel de milicias,[9] es arrancado del seno de su familia con la misma injusticia que usted en otro tiempo,[10] igual en todo al presente. ¿Y este escandaloso atentado se ha visto por todos nuestros paisanos con serenidad? No, señor, y ni con inteligencia, ¿y el excelentísimo señor ha permitido esta tropelía con un ciudadano sin deslucir su concepto? Respóndame usted, ¿qué juicio formarán de nosotros los liberales veracruzanos cuando sepan estos hechos?, ¿y cuál será el de las Cortes[11] cuando lean, o sepan por los dignos diputados de América, la injusticia con que tratan a los americanos en este tiempo (impropiamente llamado de libertad)?; ¿y por qué ha sido apresado este individuo? Se me dirá por revolucionario.c ¡Hola!, ¡con que los americanos son criminales porque dicen la verdad! Ultrajan a las autoridades establecidas cuando reclaman sus derechos (según aciertan algunos entusiastas mal contentos, porque les tocan bien las generales). Ya queda manifestado que la intención de Dávila no fue injuriar a su excelencia, como él mismo afirma, y sólo se contrajo a advertirle al excelentísimo señor la lisonja de los que lo rodean. ¿Y es esto ultrajar las autoridades establecidas? Si lo es en efecto, que se castigue, pero con arreglo a nuestra Constitución, sin atropellar a su persona, y considerándolo siempre como miembro de la soberana nación, y, antes de proceder a su castigo, respóndaseme a esta preguntita ¿quién es más digno de respeto, un jefe político o una nación entera? Si un jefe político, entonces es falso que la soberanía reside en la nación, y si la nación es soberana, y a ésta se le debe todo honor y respeto, ¿por qué se castiga sólo al ciudadano que ofende (según dicen) a una autoridad constituida, y no igualmente al que insulta, denigra y ofende a una nación entera, a una nación soberana, difamando la conducta de todos los americanos honrados, y dignos siempre de atención, como lo hizo el autor del comunicado al Suplemento del Noticioso General número 741 del 27 de septiembre de este año?,[12] ¿por qué no se usó con este individuo de un castigo semejante?, ¿por qué no se expatrió este sujeto, que con su viperina lengua pretende soplar el fuego de la discordia y fomentar la desunión entre los españoles de ambos mundos, sólo llevado de un espíritu sedicioso y mordaz?, y, finalmente, ¿por qué se ven con indiferencia por el superior gobierno los continuos reclamos que los americanos hemos hecho, demandando su castigo y pidiendo su escarmiento? ¿Usted sabe por qué, señor Pensador? Sí, pues yo también lo sé, aunque lo callo; y pues mi insuficiencia es tanta que no acierto a decir cuanto pudiera en esta materia, hable usted por mí con energía y claridad (en uso de su acendrado amor a sus paisanos), como lo ha hecho las veces que ha advertido algunos desórdenes; patentice usted a su excelencia el escándalo que ha causado a México esta violenta determinación, y que con ella ha dejado vacilantes las opiniones de todos, que los más no podemos creer, ni que el señor Apodaca haya autorizado esta providencia, ni apoyado el dictamen de los que lo rodean, cuando ha dado muchas pruebas de su amor a los americanos; y que si considera a don Rafael Dávila como a uno de éstos, y ve con la luminosa tea de la verdad las causales todas de su papel, conocerá que sólo el amor a la patria lo obligó a escribir: que con su aprehensión se nos ha hecho a todos un agravio notorio, y que... Pero no, nada diga usted, enmudezca su pluma y la de todos los americanos escritores, callen y adviertan sólo que nos hallamos en la infeliz América, y con la nota de ser sus hijos, que esta Nueva España cuenta de infelicidad 299 años,d que siempre hemos sido tratados como esclavos, pues su Conquista no nos proporcionó más que unas halagüeñas esperanzas, que el despotismo tomó posesión sobre nosotros, y nos ha sumergido en las desgracias que aún lloramos, que la Constitución (¡con qué dolor lo escribo!) no ha causado en este reino los saludables efectos que debía, y que, advirtiendo el peligro en que están todos los escritores públicos de padecer, como Dávila, que cesen de escribir, recordando lo que usted en su prisión nos dijo:

 

Escarmentad, escarmentad amigos,

Dejad se lleve el diablo amén el reino

Si el salvarlo consiste en que se digan

Las Verdades cual son y sin rodeos

Pues estamos en tiempo que persiguen

Al más hombre de bien por verdadero.

 

Quedo pidiendo a Dios le conceda a Dávila muchos consuelos en su prisión; a su familia los socorros necesarios, y a usted le prospere la vida, y colme de felicidades, como desea su amigo afectísimo que su mano besa

 

J. G. T. P.[13]

 

 

P. D. Dígale usted señor Pensador de mi parte a su hermano el Hijo de la Constitución[14] que ¿qué le parecen estas cosas?, que no duerma sobre este asunto de Dávila, y que se acuerde nos prometió en la segunda pregunta dirigida a usted[15] que asociados ambos, defenderían a nuestra madre la Constitución, seguros de ir a dormir al mesón de la pita,[16] que para el caso lo mismo es éste que el cuartel de milicias, y dígale usted, en fin, que por no saber si se halla en México, no le escribo directamente, pero que así lo haré luego que me desengañe, y entre tanto quedo de ustedes su afectísimo servidor


Vale.

 


a El motivo porque dirijo la pluma a El Pensador Mexicano, aun conociendo que le origino la molestia de contestarme, es el acendrado amor a la patria, que en los más de sus escritos nos ha manifestado, la adhesión a la justicia que él nos ha advertido, la sencillez y claridad con que escribe, y el empeño que ha tomado en cualquier súplica que le he hecho (careciendo de mérito), y aunque advierto en otros escritores las mismas recomendables cualidades que lo distinguen, no los molesto porque ignoro si tendrán a bien contestarme.

[1] México: Oficina de don José María Betancourt, calle segunda de la Monterilla, n°. 7. Año 1820. A este folleto respondió uno titulado La verdad aunque amargue es muchas veces el objeto precioso de la libertad de imprenta, fechado en México el 28 de octubre (México: En la Oficina de D. Alejandro Valdés, 1820. 8 pp.) firmado por N., que critica al autor de Al que le venga el saco que se lo ponga... porque en su folleto se “vierten otras especies vagas y generales, que hacen vacilar el concepto sobre el verdadero autor de este atentado, y no siendo justo que en el tribunal supremo del público aparezcan unos hechos tan graves con este disfraz y confusión [...] me ha parecido describir este suceso escandaloso para que se pueda calificar debidamente”, p. 1.

[2] Fernández de Lizardi utiliza estos versos como epígrafe de su folleto Dar que vienen dando. O respuesta a lo que estampó El Observador en el Suplemento al Noticioso número 751. Cf. Obras X-Folletos, p. 337.

[3] Constitución. Cf. nota 4 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

b Sea comprobante de esta verdad la vigorosa captura que usted sufrió en el año de 1813 por sólo defender a los ministros del santuario y advertir al excelentísimo señor Venegas la lisonja de los que lo rodeaban y comprometían a obrar con poca justicia.

[4] Rafael Dávila. Originario de México. Autor de La verdad amarga. Estuvo en la Cárcel de Corte. “Panfletista conocido como La Rata Güera. Soldado de las Milicias de México. Se inició con Manos besan hombres que quisieran ver quemadas. Mismo año La verdad amarga pero es preciso decirla. También autor de El Toro. Formaba la tipografía, corregía pruebas, imprimía y distribuía. Insultó a los liberales. No había diques a la libertad de imprenta quedó demostrado con la crudeza de los monólogos que Dávila publicó en El Toro, insultó, sin medida, a todos los liberales, en Retozos de cuajo largo con las hijitas del cojo, pasquín con léxico de lupanar donde refiere sucedidos a Villavicencio, Zavala, Fernández de Lizardi, Cerecero, Poinsett y Guerrero, tal parece que su prosa asquerosa se debe a que, como él mismo confesaba: ‘... tengo churripambli y voy a tirar las bragas’” Cf. Héctor R. Olea, El Payo del Rosario. Escritor liberal del siglo XIX (Pablo Villavicencio 1769-1832). México: Sociedad de Amigos del Libro Mexicano, 1963 (Historia de las ideas en México, núm. 2), pp. 80-81.

[5] La verdad amarga: pero es preciso decirla. Núm. 1, México: Imprenta de J. M. Benavente y Socios, 1820. 8 pp. En este folleto Dávila hace un llamamiento a los diputados americanos para que soliciten al monarca la observación de la Constitución y que sus detractores e infractores sean castigados, que, además, pidan al rey atienda sus reclamos y le soliciten la representación completa en las Cortes y la igualdad ciudadana. Según el Suplemento al número 1 del papel titulado La verdad amarga pero es preciso decirla, México: Imprenta de J. M. Benavente y Socios, 1820. 4 pp., el número 1 se publicó el 14 de octubre; en el Suplemento Dávila asegura que tras 30 horas de encarcelamiento aún desconocía las causas de su prisión. A raíz de su prisión se publicaron papeles defendiéndolo y solicitando su libertad como: J. A. P., El limpio de corazón piensa que todos lo son, México: Imprenta de J. M. De Benavente y Socios, 1820, 4 pp.; J. G. T. P., Al que le venga el saco que se lo ponga..., que ahora publicamos; N., La verdad aunque amargue es muchas veces el objeto precioso de la libertad de imprenta, México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, 8 pp, fechado el 28 de octubre; El Observador, J. V., La Inquisicón se quitó pero sus usos quedaron, México: Imprenta de Ontiveros, 1820. [4 pp.]; Solicitud de un ciudadano por la libertad de Dávila, [México]: Imprenta de Ontiveros, 1820. [4 pp.]; y José Gregorio Torres Palacios, Al que le venga el saco que se lo ponga. Núm. 2, que también publicamos en este volumen. El primer folleto de Dávila fue reimpreso en Puebla en la Imprenta Liberal el 26 de octubre del mismo año.

[6] Juan Ruiz de Apodaca. Cf. nota 5 a Verdadera prisión y trabajos del padre Lequerica, en este volumen..

[7] La nota 9 del folleto a la letra dice: “Sí señor: disponga vuestra excelencia de mi persona. Haga vuestra excelencia de mí el concepto que quiera, pero sepa que quien me obliga a hablar no es el odio, que de ningún modo puedo tener a vuestra excelencia, sino el amor a mi Patria y el deseo de que sus buenas intenciones tengan el debido efecto. Quisiera que vuestra excelencia supiera lo que yo, y entonces, felices Americanos: pero no es imposible que lo sepa vuestra excelencia si quiere seguir el consejo del último y más ignorante ciudadano de esta capital.” Cf. Rafael Dávila, La verdad amarga; pero es preciso decirla, Reimpreso en Puebla: Imprenta Liberal, a 26 de octubre de 1820, pp. 6-7.

[8] La idea completa es: “[...] no se deje alucinar, no escuche los gritos de los que tal vez quieren envilecerle: corra vuestra excelencia la vista sobre su conducta; pero no, no la corra, véala con despación... ¿Qué dice vuestra excelencia...? ¿Ha cumplido con la Constitución? ¿Ha hecho cuánto está de su parte para que tenga pronto y puntual cumplimiento? ¿Ha castigado a los infractores? ¿Ha cumplido con el decreto de su majestad de 26 de marzo del presente año? Y en fin, ¿ha cooperado con su autoridad, poder, saber y voluntad al establecimiento del nuevo sistema? Pues no hablamos con vuestra excelencia hablamos con los que procuran retardarnos nuestra felicidad, con los infractores de la ley, con los que odian la Constitución por fines particulares, con los que se complacen en las miserias de sus semejantes, con los que sienten apartarse del despotismo porque ya no pueden tratar como esclavos a los que son sus iguales; con estos hablamos; si vuestra excelencia es uno de ellos con vuestra excelencia hablamos.” Ibidem, pp. 4-5.

[9] cuartel de milicias. Los cuerpos militares de defensa principal del país se componían de las milicias provinciales, que sólo tomaban las armas cuando el caso lo requería. “Se componían de gente de campo o artesana que, sin separarse de sus ocupaciones en tiempo de paz, estaba dispuesta a servir en el de guerra”. Los jefes de estos cuerpos provinciales eran comerciantes y propietarios; era una distinción y los nombramientos se cotizaron en precios altos. Cf. Francisco de Paula de Arrangoiz, México desde 1808 hasta 1867, pp. 22-23.

[10] Fernández de Lizardi estuvo en la cárcel por primera vez, de diciembre de 1812 a junio de 1813. Véase la “Causa instruida contra don José Joaquín Fernández de Lizardi (El Pensador Mexicano), por haber solicitado del virrey Venegas la revocación del bando que privaba de fuero a los eclesiásticos insurgentes. 3 de diciembre de 1812- 7 de julio de 1813.” Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 371-441.

[11] Cortes. Cf. nota 30 a El Pensador Tapatío a sus censores, en este volumen.

c Esto dicen los serviles, que su papel es incendiario, atrevido, indecente, sanguinario, y digno de quemarse.

[12] Suplemento al Noticioso General Número 741. Del miércoles 27 de septiembre de 1820. Cf. nota 5 a La Canoa, número 5, en este volumen.

d Nadie ignora la opresión en que hemos vivido los hijos de este suelo, y las injustas gabelas con que nos han tiranizado los gobiernos, seducidos por los tiranos que los han rodeado, y con estos hablo (entiéndase).

[13] J. G. T. P. José Gregorio Torres Palacios. Sabemos que es autor de este folleto publicado en dos números. El segundo fue escrito en la Cárcel Nacional.

[14] Hijo de la Constitución. De este autor publicamos dos folletos en el tomo 1 de esta Antología: Primera pregunta a El Pensador Mexicano sobre pasaportes y caballos, y Segunda pregunta de El Hijo de la Constitución a El Pensador Mexicano. Sobre el impuesto del peaje o pillaje, como lo llama el pueblo. Conocemos además La publicación y jura de la Constitución en el pueblo de Tlanepantla el día 18 de junio del presenta año. México: Imprenta de don Mariano de Zúñiga y Ontiveros, 1820. 7 pp.

[15] Cf. Segunda pregunta de El Hijo de la Constitución a El Pensador Mexicano. Sobre el impuesto del peaje o pillaje como lo llama el pueblo, en el tomo 1 de esta Antología.

[16] mesón de la pita. La cárcel.