Abran los ojos[1]

 

 

Veo con lástima que se están haciendo sudar las prensas en mil inutilidades, y los escritos no se dirigen al fin primario y principal de la libertad de imprenta.[2] Éste se ha dicho que es, y dicta la razón, que sea el que los pueblos soberanos expliquen libremente su opinión y digan sin temor cuanto les ocurra, y cuanto les pueda convenir para mejorar el gobierno. La libertad de imprenta, este don inestimabilísimo cuyo precio aún no somos capaces de conocer, es, se ha dicho sabiamente, el legítimo conducto por donde cada pueblo debe instruir a sus representantes en Cortes[3] de todas sus opiniones, de todas sus necesidades, y de su soberana voluntad de remediarlas, para constituirse en la justa y verdadera libertad política, que es la felicidad prometida a todos los pueblos sin excepción alguna, y de que a ninguno de ellos se podría defraudar, sino por un exceso del más vil engaño y de la más sórdida tiranía.

Es, pues, necesario que nosotros, por medio de la imprenta, clamemos para el remedio de los abusos que contra los pueblos, contra su bienestar, y contra todos sus más inconcusos derechos, se habían extendido en el sistema del despotismo; y siendo mucho sobre lo que tenemos que clamar, no debemos malgastar el papel ni el tiempo en fruslerías. La nueva Constitución Política de la Monarquía que ha alumbrado los derechos de los pueblos, debe todavía por el voto de ellos mismos elevarse a toda su perfección, y para esto consulta la opinión pública con la concesión de la libertad de imprenta. No ha podido hacer más la Constitución; y nadie sino los mismos pueblos serán culpables, si no hablan y con energía representan todo lo que les conviene se reforme. Para hacer o completar estas reformas y perfeccionar la Constitución se han de juntar las cortes; y han de apoyarse, dicen, sus deliberaciones en aquellos testimonios de la opinión pública. Si los verdaderos sabios, porque regularmente son menos bulliciosos, no escriben,[4] sí se quejan de que no pueden añadir ésta a sus otras ocupaciones,[5] y dejan el campo de la imprenta libre a los charlatanes, a los mal intencionados, a los asalariados[6] por los impíos para que rajen[7] bien de la Inquisición[8] y de los eclesiásticos, a los que sólo escriben por adular, por chocarrear, por mera granjería, o con otros fines. Si por todo esto resulta inútil para su objeto, y nociva en otros modos la libertad de imprenta; de esto la ley no es culpable, sino el abuso que unos, y el desprecio que otros hacen de ella.[9] Usen la libertad de imprenta los sabios, y no abusen los malos, y se verá entonces cuán importante y saludable es el establecimiento. Abran todos los ojos, y vean cómo hemos de sacar el provecho de la imprenta libre.

Muchos indiscretos y malévolos quisieran enristrar las plumas contra la Constitución y contra sus máximas fundamentales, como son la soberanía de los pueblos y la misma libertad de imprenta; y gritan que ésta es falsa, pues ellos no pueden sin temor del odio y del castigo escribir lo que quieren. ¿En qué gobierno han visto estos insensatos que sea lícito ni se tolere escribir contra las ideas y sistema fundamental del gobierno? Si esto esperaban o entendían por libertad de imprenta, merecen la risa y el desprecio. La libertad de imprenta no es, ni debe ser, para los díscolos y sediciosos, sino para los que se apoyen e ilustren las ideas convenientes y conformes al espíritu del gobierno. Escriban en buena hora cuantos quieran sobre el plan de la Constitución, para adelantarle y perfeccionarle; esto es muy justo. Escriban sobre la libertad e imprenta exponiendo y recomendando su buen uso. Yo lo estoy haciendo así y a nadie se le prohibe. Escriban sobre la soberanía esencial, e inalienable de la nación, explicándola, propugnándola, y defendiendo por ella los derechos de los pueblos. Esto es lo que la nación desea y necesita, lo que la Constitución protege, y a lo que invita justísimamente, lo que yo exhorto, y sobre lo que voy a dar también una pincelada.

La nación debe en lo de adelante ser celosa de su soberanía, que tan pública y solemnemente se ha vindicado. Nada la importará que le digan que es soberana, ni que la hayan puesto en posesión de tan alto título, si le usurpan los derechos, o el ejercicio de su soberanía, alguno o algunos malvados que se hagan prepotentes. ¿De qué le sirve a la nación ni a nadie ser soberano sin ejercicio de la soberanía? Esto más que honor fuera burla que se le hacía; como a un loco a quien se le concede y lleva adelante el tema de que es rey y soberano, divirtiéndose con él, puesto que se le tiene bien asegurado, para que no haya que temer a su soberanía. Debe, pues, la nación, no contentarse con el título, sino ahondar, y buscar los derechos y ejercicio que corresponden a aquel título, para que no le quede pomposamente vano, sino real y efectivo.

La desgracia de los soberanos es, comúnmente, que no pueden por sí mismos dar expediente a todas las funciones de su soberanía, sino que están necesitados a poner ministros, y sustitutos que a su nombre desempeñen estas funciones, y que muchas veces traidores a su soberano que los ha elevado, obran contra su intención, y aún contra sus intereses, y aspiran, si les es posible, a hacer de su mismo soberano un esclavo. Nada ha sido más común en el mundo, y nada ha dañado a las naciones más que este abuso, que de las confianzas de sus soberanos hacen los ministros. Es digno de observarse que por lo general no son los reyes sino los ministros malvados los que tiranizan a los pueblos;[10] y España acaba de experimentarlo en el gobierno del infame Godoy. Ahora bien: si habiendo de por medio una testa soberana que siempre da respeto, porque en un acto sin trámites, sin sensación,[11] sin debates, ni oposición alguna puede derribar al que llevó, se ha experimentado frecuentemente que lo que daña a los pueblos es la ambición de los ministros a quienes se encomienda una parte del gobierno, este peligro, si muy diestramente no se precave, aún es mayor cuando la soberanía está en la nación. El monarca soberano se ve en la precisión de poner ministros, mas lo que pone no son para que lo gobiernen a él, le conservan, por tanto, gran temor y respeto; saben que los puede destruir sin réplica alguna en un momento; pueden cuando más dominarlo por la vía del engaño, no de la coacción; y este engaño, que entonces no es más que de un individuo, puede desvanecerse de mil modos, recobrar el príncipe su energía, y respirar los pueblos de su opresión. En la nación soberana militan otras dificultades. Ella que no puede en cuerpo de nación reunirse toda para gobernar, debe contentarse con autorizar, del modo que le es posible, o que se le dice que autorice, individuos que tomando las riendas dirijan el gobierno. Queda desde entonces la nación soberana sujeta a aquellos individuos sus representantes; ellos gobiernan ya y dan leyes a la misma soberanía, que para esto los eligió. Ella misma no tiene arbitrio para destituirlos tan fácilmente como los eligió; es mayor por todas las circunstancias el peligro de que uno o muchos de estos representantes atenten contra la nación, causen sus infortunios, y la pongan en grillos, que con ningún esfuerzo sea capaz de romper, y ni aún de conocer sino a mucha costa, y después de padecer mucho.

No sucederá esto en España: no temo yo ni pudiera temer la nación católica la perversidad de los franceses, que hicieron a Luis XVI convocar los estados generales para empezar en ellos la cadena de sus maldades y de sus desgracias.[12] A unas y a otras fue inducida la Francia por el infernal Vehüsauph, fundador de la secta de los fra[n]cmasones iluminados, que ha jurado destruir en todo el mundo la religión y los tronos, y su principal máxima es introducirse haciéndoles creer a los pueblos incautos que no quiere sino sostener y depurar la religión, remover la tiranía y plantar el más suave y arreglado gobierno. Nos ha instruido de esto el doctor Barruel,[13] y de que aquel malvado ha puesto emisarios y logias en todas las cortes de Europa, y aun en la América. Mas en España, donde las obras de Barruel se tradujeron e imprimieron con aplauso, está bien conocida ya la perfidia de aquellos sectarios; y las Cortes que van a celebrarse y se compondrán de los españoles europeos y americanos de mayor probidad y luces, son firme apoyo de la confianza de la nación, que espera, y debe esperar, que el primer cuidado de tan respetable congreso ha de dirigirse a mantener en su esplendor la religión santa, sus altares, sus templos, sus ministros, sin intolerancia, respecto de cualquier secta, y todo lo que de cualquier modo pueda conducir a sus progresos y a su defensa. Abran bien los ojos nuestros representantes contra cualquiera interpresa de aquellos sectarios y ayuden a los dignos españoles, que pensarán acertadamente las mejores providencias para exterminarlos. Éste es el deseo, el anhelo más constante y el primer encargo de la América a sus representantes.

En cuanto a lo político tenemos que hacerles otro importantísimo. El fin de la convocación de cortes en esta línea es restituir a la nación en los derechos de libertad que tenía perdidos, y para esto desarraigar los abusos introducidos contra los derechos que la naturaleza dicta, y la ley debe proteger. En ofensa de éstos es aquel estanco de provisiones de todos los empleos, que estaba al arbitrio de los ministros que cercan al rey; y esto no se ha remediado todavía, sino que ha quedado subsistente. En aquel foco, o estanco de la ambición, más nocivo que todos lo que ha inventado la codicia, se despachan siempre, nadie lo ignora, por baraterías, por resortes, y por intrigas, los empleos de más influjo, y de más importancia en la república. Sobre la cual, y [a] todos los pueblos de la nación, van luego aquellos empleados, como sanguijuelas hambrientas, y se hacen unos pequeños tiranos cada cual en la extensión de su jurisdicción. No es ciertamente el rey quien tiraniza, sino esta multitud de ministros que despacha, y que no tienen ni pueden así tener amor ninguno a los pueblos donde van, autorizados con el nombre del rey, a ejercer sobre ellos su soberanía y alimentar su rapacidad. Yo admiro cómo no se ha reparado en este punto, cuando tanto se nos encarece que va a tratarse de la felicidad y libertad de la nación y el alivio de los pueblos. No lo hay ingenuamente si no se empieza por este punto; y en ningún otro es tan fácil, tan obvio y tan sin tropiezo ni complicación alguna el remedio. Si éste no se pone, todo lo demás es alucinamiento y complicaciones expuestas a mil riesgos y dificultades, por las cuales vendremos a quedar siempre como nos estábamos o peor. En vano se nos prometen felicidades, si en lo que es tan fácil no se nos sacan de la más infeliz y mísera servidumbre.

Me limitaré aquí al ramo de la administración de justicia. No hay una razón para que a los pueblos sumamente interesados en que se les administre bien, se le deniegue la satisfacción de nombrarse jueces los que sean dignos de su confianza. Dejar al rey como hasta ahora estos nombramientos no es más que mantenerle en un gravamen estupendo de su conciencia, a cuya costa intrigan, se enriquecen, y crean hechuras los ministros y camaristas y las personas a quienes éstos hacen sus conductos. Al rey, por tanto, nada se le detrae, antes se le hará un gran bien si se le exime legalmente de un gravamen, y responsabilidad desigual a sus fuerzas; y por lo tocante a los ministros, se les quitará muy justamente tan vil nocivo tráfico, y se les dejará más libre la atención que deben dedicar a los negocios del estado. Los que han visto las casas de tales señores llenas siempre de pretendientes, conocen el tiempo que les hacen perder, y cuán digna es de excusárseles esta pérdida.

Si esto en manera alguna es perjudicial al rey, es incomparablemente benéfico a la nación y a todos y cada uno de sus pueblos. La soberanía electora que así debe llamarse la de la nación en masa, pues ella no tiene más derecho ni más función que la de hacer ciertas elecciones ¿por qué ha de limitarse a que éstas sean dentro de cada pueblo solo de aquellos empleos que se han de servir de balde, y no de los que dan utilidad? Esto está igual con el sistema antiguo, en que los alcaldes ordinarios, y empleos de ayuntamiento y demás sin sueldo, siempre eran electivos, pero los que tenían alguno ya eran reservados a que los diera el rey. Lo mismo hemos quedado. En esta parte debe ser más liberal y generosa la Constitución, como lo ha sido en proclamar la soberanía nacional. Los pueblos reclaman con razón ¿por qué esta soberanía de tanto sonido no se ha de extender a que cada pueblo o provincia elija a su satisfacción los que le convengan para la administración de justicia? ¿Por qué se ha de limitar cada pueblo a elegir regidores y no ha de elegir también oidores[14] y demás jueces? Si esto fuera así, la provincia tuviera con qué premiar a los que en los empleos nada valiosos la habían servido bien, y sería un estímulo para este buen servicio. Pero todo lo contrario: el aplicado y juicioso que se esté en su provincia, puede contar que muchas veces le harán servir en lo que nada le ha de valer, mientras los que no estén en ella jamás, sino en Madrid en la vida ociosa aunque muy agitada, de pretendientes, estos son los que han de lograr empleos lucrosos,[15] y se han de reír de los que están trabajando, y contentándose con que los hagan electores de parroquia o regidores[16] bienales. Es por cierto tan ridículo como inicuo este partido, se manda que cada pueblo por parroquias nombre electores de su satisfacción; pues estos que para el hecho de elegir son unos verdaderos representantes de aquel pueblo, de aquel partido, y de aquella provincia, debían estar autorizados para elegir en aquel año en que son nombrados todos los empleos que vacan de cualquier clase. Las elecciones se simplificarían más. La calidad de elector sería algo, que ahora es nada, y no lo merece así la confianza de los pueblos, que han obtenido más inmediatamente que nadie. Los empleos serían provistos a gusto de los mismos pueblos; y para servir bien a estos, lo reconocerían así todos los empleados. La administración de justicia no se volvería patrimonio, y causa de elación de los que dan las togas en Madrid, y de los que las obtienen para las provincias, y principalmente para la América. Todos quedarían más gustosos; y en cuanto a los americanos se acabaría el sentimiento justo en que viven de que por la distancia en que están no se atienden. Esto es absolutamente preciso que con toda energía lo promuevan los representantes en Cortes y la opinión pública; que saben bien es ésta, así se los exige. Adviertan que si un americano podía antes conseguir aquí una miserable subdelegación,[17] ahora ya no puede, por cuanto se han hecho juzgados de letras,[18] y se han de proveer en España, para que haya más contribuyentes a los ministros y agentes de Indias, según el capítulo 2o. artículo 7 del arreglo de Tribunales.[19]

Yo ceso ya con esta advertencia, porque otros harán otras. Feliz día en el que podemos explicar sin embozo nuestros pensamientos. En esto nos distinguimos ya de los serviles, voz que significa, no como algunos entienden precisamente los afectos al sistema antiguo, sino los que sufren cualquier gobierno, en cuyos misterios recónditos a nadie se le permite quiera mezclarse ni decir nada contra sus establecimientos, decretos, o providencias. No es así nuestro gobierno constitucional: no trata de degradar de este modo la razón, y ésta es su primera ventaja. Le deshonra quien se la niegue. Por esto ha concedido la preciosa libertad de imprenta, para que nadie calle cuanto le ocurra que pueda mejorar la situación política del vasallaje. Por eso el liberal se lisonjea de ostentarlo, y positivamente quiere las discusiones políticas, que han de conducir a toda su perfección el sistema. Poco puedo yo influir en esto, pero acaso mis escasas reflexiones abrirán los ojos a los que pueden discurrir más que yo.

 

 



[1] México: Impreso en la Oficina de don Alejandro Valdés [Alejandro Valdés era hijo de Antonio Valdés y Munguía (1742-1814). Trabajó en el taller de Felipe de Zúñiga y Ontiveros hasta 1807. En 1808 fundó su propio taller. La imprenta de Valdés estaba en la calle de Santo Domingo esquina con Tacuba. A partir de 1816 se cambió a la calle de Zuleta], 11 pp. Al referirse a este folleto en El Conductor Eléctrico, núm. 13, Fernández de Lizardi escribe que “Hace ocho días o más que se imprimió en la Oficina de Don Alejandro Valdés un papel titulado Abran los ojos”.

“Por una casualidad llegó a mis manos, pues hasta hoy no se ha publicado. Leílo en efecto, y tomando el consejo del título, no sólo abrí tamaños ojos, sino que me limpié las legañas y estuve por ponerme unos anteojos, y fui leyendo pliego y medio de papel de lectura lleno de borrones y verdades, de flores y espinas, de grano y de cizaña. Entre lo bueno que asienta el autor en medio de su estilo fluido y coordinado padece unas equivocaciones perniciosas y que pueden hacer algún estrago, si en sus principios no se ataca.

“No me meteré por ahora en hacer el análisis general del papel [...]; pero para que se vea si tengo o no razón en el juicio que he formado, copiaré algunas expresiones que más me chocan.” Cf. Obras IV-Periódicos, pp. 344-345. Es probable que la fecha aproximada de impresión de este folleto haya sido la última o antepenúltima semana de julio de 1820, ya que Lizardi menciona que “los escritores de México, hasta hoy, 31 de julio, no hemos abusado de la sacrosanta libertad de la imprenta [...].” Cf. Ibidem, pp. 341-342.

[2] libertad de imprenta. Cf. nota 19 a Sermón político-moral, en este volumen.

[3] Cortes. Cf. nota 13 a El Pastor del Olivar..., en este volumen

[4] A esta afirmación Fernández de Lizardi pregunta: “1ª Si los verdaderos sabios no escriben, ¿quién se los impide?”; y abunda en la sexta: “Si los verdaderos sabios no escriben, ¿en qué número colocaremos a infinitos bachilleres, doctores y licenciados, así eclesiásticos como seculares, que han hecho y están haciendo sudar las prensas en nuestros días? ¿Será entre los charlatanes, chocarreros, mal intencionados, asalariados, etcétera, etcétera? [...]” Cf. Obras IV-Periódicos, p. 345.

[5] A esta afirmación Fernández de Lizardi pregunta: “2ª Si se quejan de que no pueden añadirse este trabajo ¿a quién se han quejado, quiénes y por qué?” Idem.

[6] Fernández de Lizardi pregunta: “3ª Si hay escritores asalariados ¿quiénes son? ¿Y quiénes los impíos que los fomentan?” Idem.

[7] rajar. Desacreditar, hablar mal de alguno, especialmente en son de reto. En general, acobardarse; faltar a su palabra, desdecirse. Cf. Santamaría, Dic. mej. En la quinta preguntilla, Fernández de Lizardi expresa: “¿Quiénes son los autores o cuáles los papeles en que se raja generalmente de los eclesiásticos?” Cf. Obras IV-Periódicos, p. 345.

[8] Inquisición. Cf. nota 14 a Auto de Inquisición contra el Suplemento..., en este volumen. Fernández de Lizardi pregunta: “4ª ¿Es cierto o no lo que se dice de la ilegalidad y crueldad de la extinta Inquisición?” Idem.

[9] Desde “Si los verdaderos sabios,” hasta “otros hacen de ella.” es un párrafo textual que Fernández de Lizardi insertó en el citado número de El Conductor Eléctrico. Cf. Obras IV-Periódicos, p. 345.

[10] En El Pensador Mexicano, t. II, núm. 4, Fernández de Lizardi expresa: “Es verdad que nosotros hemos logrado tener reyes grandes, buenos, castos, católicos, sabios y amados; pero creo que (a lo menos en los reinados de las casas de Austri y Borbón) jamás hemos tenido un rey dueño absoluto de su voluntad, sino unos reyes pupilos y siempre tutoreados por sus validos; y he aquí el motivo por qué, aun cuando España haya sido la nación que haya tenido los mejores y más benéficos reyes, ha sido la más sujeta al despotismo; porque ¿de qué nos sírvela beneficencia del rey, si el ministro no la deja circular entre sus vasallos? ¿Qué con que el rey desee el alivio de ellos, si el privado aumenta las contribuciones yescasea los arbitrios? ¿Qué, por último, con que el rey nos ame como hijos, si el déspota nos trata como esclavos? Cf. Obras III-Periódicos, p. 57.

[11] Desde “Es digno de observarse” hasta “la soberanía está en la nación”, es un párrafo textual que Fernández de Lizardi insertó en el núm. 13 de El Conductor Eléctrico. Cf. Obras IV-Periódicos, p. 345. En seguida de esta afirmación Fernández de Lizardi hace el siguiente comentario: “¡bellos elogios para un rey! Faltó que dijera, sin motivo”. Idem.

[12] Desde “No sucederá esto en España” hasta “de sus desgracias” es un párrafo textual que Fernández de Lizardi insertó en el citado número de El Conductor Eléctrico. Ibidem, p. 346.

[13] Agustín Barruel. Escritor y polemista francés (1741-1820). Fue uno de los más constantes impugnadores de la filosofía del siglo XVIII. Napoleón le nombró canónigo de París. Se le deben importantes obras como: Collection ecclésiastique ou Recueil complet des oubrages daits depuis l’ouverture des Etats généraux relativement au clergé, París, 1791-1792; Histoire du clergé de France pendant la Révolution française, Londres, 1797; París, 1804. En las Memoires pour servir à l’histoire du Jacobinisme, Londres, 1797; Lyón, 1803, daba a conocer la propaganda de los francmasones respecto a la religión, al “trono” y a la sociedad. De esta última obra existe una traducción al español por F. R. S. V. Observantes de la Provincia de Mallorca, Palma, Imprenta de Felipe Guasp, 1813-1814 en cuatro volúmenes.

[14] oidores. Cf. nota 161 a Séptimo Juguetillo..., en este volumen.

[15] Sobre este tipo de empleos Fernández de Lizardi escribe en 1812; sobre los subdelegados dice en El Pensador Mexicano, t. I, núm. 3, que: “por lo común eran legos leguísimos; casi siempre compraban las subdelegaciones en las intendencias [...] por lo que, y porque tales empleos eran una descarada negociación, lo primero que procuraban en sus pueblos era desquitar el numerario que habían dado por ellas, y lo segundo sacarle la mayor utilidad que podían a su comercio. ¿Cuántos se hicieron ricos en cinco años y cómo? Haciendo repartimientos, vendiendo la justicia y adulando a los vecinos pudientes, contemporizando con sus antojos casi siempre en perjuicio de los pobres”. Cf. Obras III-Periódicos, t. I, núm. 3, p. 50.

[16] regidores. Los Ayuntamientos se componían de varios alcaldes y regidores, y de un síndico. Los alcaldes tenían funciones judiciales de primera instancia y aun de apelación en algunos casos. Los regidores formaban el cuerpo del ayuntamiento y el síndico cuidaba de los intereses de la corporación, propio de los regidores (entre los cuales había algunos hereditarios) era elegir otros regidores y alcaldes.

[17] subdelegaciones. Las alcaldías mayores y los corregimientos no urbanos se convirtieron en subdelegaciones con la publicación de la Ordenanza de intendentes de 1786. Los gobernadores y otros oficiales fueron substituidos por intendentes. Alcaldes mayores y corregidores fueron auxiliados siempre por asesores letrados; para dictar sentencias finales se pasaban todos los documentos a un letrado para su inspección y su opinión. La escasez de hombres de leyes en la Nueva España fue una constante que obligó a la asesoría legal desde la ciudad de México o la de Guadalajara, las dos sedes de audiencia y localidades donde se concentraban hombres de leyes. Cf. Woodrow Borah, El gobierno provincial…, pp. 51-64.

[18] juzgados de letras. Al regreso de Fernando VII al trono, en Nueva España el virrey Calleja publicó un bando el 15 de diciembre de 1814, por el que se restablecieron las antiguas prácticas en la administración de justicia, se disolvieron los Ayuntamientos y se volvió al orden y estado en que se encontraba en 1808. En el punto 4 el bando señala que los jueces de letras cesan “en sus respectivas funciones, reemplazándolos en esta capital y fuera de ella los magistrados y personas a quienes corresponde con arreglo á las leyes que gobernaban en la citada fecha”. Cf. La Constitución de 1812..., t. II, p. 160.

[19] Artículo 7: “Hecha la distribución, se remitirá a la Regencia del Reino, quien con su informe la pasará a las Cortes; y aprobada por éstas se devolverá a la Regencia para que nombre desde luego los jueces de primera instancia que sean necesarios”. Cf. La Constitución de 1812..., t. I, p. 316.